Hace quince días
comenzó el Diálogo Argentino. Queremos reiterar que, como ministros de
la reconciliación, de la unidad y la comunión, los Obispos nos
comprometimos a intensificar nuestro trabajo en la construcción de un
ámbito que sirva para rehacer los vínculos sociales de los argentinos.
Dialogar no
es claudicar, ni entrar en connivencia con algún sector.
El diálogo
es un gesto audaz y profético que nos dispone a todos a ser esclavos
de la verdad.
Lo
aprendimos de Jesús que dialogaba con todos, aún con aquellos que eran
sus enemigos.
Por ello,
nuestra presencia no es ejercicio de poder político, ni intento de
ocupar un lugar que no nos corresponde.
Queremos
ayudar a crear un espacio para que la sociedad se encuentre sin
enfrentarse.
Estamos en
este diálogo para reclamar la fundación de un tiempo nuevo y no para
el intercambio sectorial de beneficios económicos o de réditos
políticos.
Estamos
para ayudar a la búsqueda sincera de la verdad y del bien de todos,
con permanente preocupación por los más pobres.
En estos
primeros días de trabajo se ha comprobado que:
1. La
crisis es muy profunda. Nuestra sociedad está seriamente fragmentada.
Es una crisis de confianza y de credibilidad. El pueblo no se siente
representado por sus dirigentes y a la vez los sectores desconfían
unos de otros y buscan en las culpas ajenas la responsabilidad total
de lo que ocurre.
2. En su
gran mayoría las personas y los grupos que han acudido, valoraron el
espacio de Diálogo Argentino como camino para encontrar acuerdos
básicos que se transformen en políticas de Estado. Muchos han usado
términos similares a ‘refundación’ o ‘reconstrucción’ de la Argentina.
3. Algunos
han expresado su temor de que este diálogo pueda llegar a ser una
nueva frustración, un modo de ganar tiempo para permitir que se
tranquilice el profundo malestar del pueblo y todo siga igual que
antes.
4. Un gran
interrogante estuvo presente en casi todas las conversaciones: ¿cómo
es posible generar grandes cambios con los mismos actores que han
llevado al país a la situación actual?
Quizás la
respuesta a esta sincera y lógica pregunta sea una de las claves más
difíciles de resolver. Porque también hemos comprobado que si bien son
muchas las propuestas que se van recibiendo, son pocos los
ofrecimientos de renuncias personales o sectoriales que permitan
pensar en una verdadera voluntad de cambio.
El diálogo
Argentino, para que tenga eficacia y también credibilidad, ha de
despertar en la dirigencia política, financiera, sindical y
empresarial, la necesidad de gestos y signos que muestren un sincero
deseo de cambios reales y profundos. Esos cambios requeridos son muy
difíciles, pero no imposibles.
Por eso
pedimos al gobierno y a todos los estamentos de la sociedad signos y
gestos concretos para que el Diálogo Argentino pueda cumplir su
propósito de lograr acuerdos que sirvan para recrear el país en un
marco de paz y unidad”.
Buenos Aires,
28 de enero de 2002