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EXEQUIAS DE MONS. CÁNDIDO RUBIOLO
Homilía de Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
Iglesia catedral, 12 de febrero de 2004
1. Despedir a un hermano creyente y bueno, conocido por tanta
gente, es un dolor que se vuelve agradecimiento sentido, por su
valiosa vida, y un motivo más de esperanza. Despedir a un pastor tan
entregado a su rebaño, suscita aún mayor gratitud, y nuevas razones
para confiar en el Señor Jesucristo. Porque es Él quien que conduce al
pueblo santo, adquirido con Su sangre, por medio de pastores elegidos
y consagrados.
2. Monseñor Rubiolo se nos ha ido al Padre, cuando aún
seguíamos admirando su vitalidad, humor y entrega entusiasta al
ministerio sacerdotal, varios años después de su retiro como arzobispo
de Mendoza. La Misa celebrada en Córdoba hace dos días, nos permitió
escuchar y comprobar todo el bien que hacía, colaborando con los
obispos, en las parroquias, con las religiosas y con muchos fieles
laicos. Casi hasta los últimos días, se empeñó con sencillez en servir
la mesa de los sacerdotes ancianos con los cuales vivía. Sus
familiares y amigos nos dijeron entonces cuánto lo habían querido como
persona, y cuánto lo apreciaban por su entrega sacerdotal.
3. Nos honra tener ahora sus restos mortales en Mendoza, a la
cual le dedicó casi diecisiete años de fecundo ministerio episcopal.
Cuando en 1995 celebramos acá sus bodas de oro como sacerdote, no nos
permitió decir nada de su persona ni de su tarea pastoral, sino hablar
sólo de la vocación sacerdotal. Cuando lo despedimos al año siguiente,
pudimos agradecerle su larga y fructífera acción pastoral. Ante todo
por los acontecimientos que él mismo quiso recordar explícitamente,
aquel día de diciembre: el Congreso Mariano (1980); la reapertura del
Seminario Diocesano (1981); la visita del Santo Padre a Mendoza
(1987); el compromiso de levantar un nuevo edificio para el Seminario;
la creación del Instituto de Ciencias Sagradas y los seminarios
catequísticos; los 50 años de la diócesis (1984), celebrados con una
gran misión bajo el lema “evangelizarnos para evangelizar”; luego los
pasos dados para continuar aquella misión, con diversos proyectos
pastorales, en búsqueda de una renovación cada vez más amplia y
comprometida, hasta iniciar la planificación de una pastoral orgánica
(1993).
4. En este momento, antes de recordar otras rasgos de su
personalidad y de su actuación, me ha parecido importante escuchar
palabras escritas por él mismo, ya que a su testamento oficial, le
agregó en los últimos años algunos párrafos sencillos, que llamó
“testamento espiritual”. Al escucharlo, cada uno de nosotros evocará
sin duda momentos especiales de relación con él, de diálogos
mantenidos, de tareas o búsquedas compartidas, de consejos recibidos,
de encuentros, y quizás también, de desencuentros con él:
“Bajo la protección de la Santísima Trinidad y de la Virgen María,
Madre de Cristo y Madre nuestra, quiero manifestar mi filial y
profundo agradecimiento a Dios por su infinita bondad para con mi
persona, y por las innumerables gracias concedidas a lo largo de mi
vida. Pido perdón a Dios por no haber correspondido con plena
fidelidad a ellas.
Agradezco a Dios
y a mis padres el don de la vida. Agradezco a mis padres la educación
cristiana de piedad: el ambiente cristiano del hogar favoreció
ciertamente mi “si” al llamado del Señor a la vida sacerdotal.
Agradezco a los
superiores del Seminario “Nuestra Señora de Loreto” que me formaron
para el sacerdocio. Agradezco a los Arzobispos de Córdoba las tareas
pastorales confiadas, y a los Santos Padres Pablo VI y Juan Pablo II,
el llamado a la misión episcopal.
Deseo manifestar
mi profundo agradecimiento a los sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos, que me ayudaron en mi misión de Obispo Auxiliar de Córdoba, de
Administrador en La Rioja, de Obispo de Villa María, de Arzobispo de
Mendoza y de Administrador Apostólico en San Rafael.
Finalmente mi
particular agradecimiento a las religiosas “Pías Discípulas del Divino
Maestro” por su acogida llena de bondad y de caridad.
A todos pido
perdón por mis faltas y errores en el ejercicio del ministerio
sacerdotal y episcopal.
Suplico a todos
una plegaria por el eterno descanso de mi alma y espero, confiado en
la Divina Misericordia, reencontrarme con todos en el cielo”.
Mons. Cándido G.
Rubiolo, arzobispo emérito de Mendoza, 19 de septiembre de 1998.
5. Estamos precisamente haciendo memoria de su vida, para
introducirla en la memoria que Jesús nos mandó celebrar, que es
presencia real y eficaz de su muerte y resurrección, para tener vida
en abundancia. Vida eterna en plenitud, y definitivamente gozosa, para
este hermano nuestro querido. Vida eterna para nosotros, como don que
nace de la predicación y de la fe, alimentada en la comunión eclesial
a través del valioso testimonio de tantos pastores y laicos, y por
medio de la acción pastoral de la Iglesia, que preside el mismo Señor.
6. Conocí a Mons. Rubiolo hace exactamente cincuenta años,
predicando a jóvenes seminaristas. Me viene de pronto a la memoria la
firmeza y certeza con que repetía frases de Jesús en el Evangelio,
como ésta: “Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo
hice con ustedes” (Jn 13,15). Así animaba nuestra fe y exigía nuestra
respuesta al Señor.
Muchos de nosotros
lo tratamos luego como profesor y rector del Seminario de Córdoba.
Después como párroco de la Catedral y Obispo Auxiliar. Desde aquellos
tiempos valoramos: su plena convicción por la vocación recibida; su
entrega generosa y siempre alegre al ministerio sacerdotal; su
confianza en los jóvenes y su dedicación a ellos; su entusiasmo por el
apostolado de los laicos; sus cualidades como confesor y director
espiritual. En toda circunstancia nos impresionaba como un hombre y un
cristiano cabal, firme, seguro, directo, sincero; pero también amable,
respetuoso, abierto y fraterno.
Cuando el padre
Jorge Contreras lo despedía en nombre del clero mendocino, decía:
“Nosotros que ya lo conocíamos, sabíamos que íbamos a encontrar un
Pastor, y un Pastor que sabía manejar el timón de la Iglesia, y lo
apreciamos en su capacidad enorme de trabajo; lo apreciamos en la
sencillez de su vida; lo apreciamos en esa santa fidelidad al Señor en
el servicio de la Iglesia. Lo apreciamos también en su consejo, en su
prudencia; lo apreciamos en los momentos difíciles y también en el
disenso, donde más allá de las distintas opiniones y enfoques, nunca
perdía la mano de padre, la mano de maestro, la mano de amigo”....
... Nos dejó
trabajar, ... aunque alguna vez le causamos molestias con algunas
cosas que podrían ser poco prudentes. Porque a pesar de todo ello
nunca nos cortó las alas y nos enseñó esa fidelidad al Señor y a la
Iglesia, que es una de sus virtudes más notables”.
7. Monseñor Rubiolo vivió una vida larga y llena de frutos,
pero pasando por tiempos de cambios muy profundos en la Iglesia y en
el mundo, que no fueron fáciles de interpretar, de aplicar, y mucho
menos de conducir. Admiro su permanente y sincera apertura en este
proceso, que llevó con una gran confianza en Dios y en las personas.
No deja de asombrarme cómo integró siempre el espíritu de
actualización y de renovación, con una consciente y libre fidelidad al
Señor, al Evangelio y a la Iglesia. Ante muchos planteos nuevos, en
parte ansiosos, demasiado teóricos o complicados, supo añadir una
cuota de prudencia y sensatez, de realismo y de sentido práctico, que
le permitió impulsar proyectos muy complejos. Dios nos permita hoy
valorar todas sus cualidades, e imitar sus ejemplos, concediendo al
mismo tiempo, con un corazón amplio, la comprensión y las disculpas
que él nos pide en su testamento.
8. Querido hermano y pastor, gracias por tu vida y tu servicio
eclesial. Reconocemos y agradecemos contigo la gracia de Dios que fue
fecunda en tu persona y en tu ministerio. Confiamos plenamente que el
Señor te conceda el premio prometido a los servidores fieles. Oramos
por ti. Llenos de esperanza ofrecemos al Padre, animados por el
Espíritu, el sacrificio del Señor Jesús, que es su Cuerpo entregado
por nosotros, y Su sangre derramada por nosotros. Queremos mantener un
agradecido recuerdo tuyo en la comunión de los santos, que vivimos en
la esperanza, y confiamos que rogarás al Señor por esta Iglesia que
peregrina en Mendoza, a la cual has amado y servido.
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
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