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Comunión, colegialidad, sacramentalidad 


Con el título «Carta paternal a nuestro amado clero», el obispo de Concepción, monseñor Bernardo Witte, dio a conocer unas reflexiones con motivo de la Cuaresma del año 2000


Queridos hermanos y amigos en el sacerdocio:

Desde la solemne e inolvidable iniciación del Año Jubilar, procuramos encontrarnos con mayor intensidad con Cristo, la Palabra del Padre, a fin de responder a la meta propuesta por el Santo Padre: la glorificación de la Santísima Trinidad.

Con entusiasmo abrimos nuestros corazones al Sumo y Eterno Sacerdote, dejándonos conquistar por su amoroso llamado a la santidad y la construcción de su Reino, configurándonos decididamente con su Iglesia Santa y santificadora, nuestra amada esposa.

Permítanme, queridos amigos, reflexionar sobre nuestra entrega a Cristo como presbiterio, además sobre la unidad y relación interpersonal como Cuerpo, a fin de asumir con un nuevo entusiasmo el sagrado deber de entregarnos con amor pastoral y celo apostólico, por Cristo y su Iglesia, sirviendo incansablemente a la querida diócesis, con sus comunidades, instituciones y organizaciones, sacrificándonos de buena gana por el Santo Pueblo de Dios.

Quisiera analizar con ustedes, mis amados sacerdotes, nuestra vida espiritual, ampliando los esfuerzos de la formación permanente. Ofrezco este tema y señalo algunos objetivos que aspiramos alcanzar con paciencia y perseverancia.

Considerando que cada diócesis es la porción del Pueblo de Dios, cuyo cuidado pastoral se encomienda al obispo con la colaboración del presbiterio, veamos con gozo la triple perspectiva eclesial de comunión, colegialidad y sacramentalidad, que nos une y nos compromete.


1. Comunión

Dios es amor, es comunidad, es familia. Él invita a todos los hombres a participar de su vida trinitaria, unidos como comunidad de hermanos en el misterio del amor eclesial. Cristo es el sacramento del amor, que libera al hombre de la ruptura del pecado, mediante la Iglesia, que es signo e instrumento de comunión de los hombres entre sí, con Dios y con la creación.

Nuestro ministerio sacerdotal es potestad sagrada al servicio de la acción misionera de la diócesis. En ella, comunión significa una profunda fraternidad sacerdotal, la cual supone y requiere indefectiblemente la unidad de los pastores entre sí.

La Iglesia santa es la viva comunión de comunidades. Por ello la vida diocesana proyecta una fecunda realización del sagrado ministerio en la unidad salvífica, articulada con las otras parroquias, de manera que formamos un solo cuerpo en Cristo.

Sabemos que toda relación entre personas se basa en la comunicación. Los hombres tenemos el tesoro exclusivo del lenguaje, el tono de la voz, el brillo de los ojos, la expresión del rostro, las manos, los gestos, el cuerpo entero para mostrar emociones, entablar un diálogo, y articular respuestas.

Comunión sacerdotal es la intercomunicación, es relacionarse con el hermano sacerdote, es expresar la estima y valoración mutua, es ofrecer y profundizar la amistad y ayuda pastoral, es confiar alegrías y penas, es buscar diálogo fraternal y el enriquecimiento espiritual, es orar por y con cada hermano sacerdote, miembro vital del presbiterio. La comunión sacerdotal viva nos empuja a pedir con sinceridad tantos consejos como correcciones fraternas, es amar al hermano sacerdote con actitudes virtuosas tangibles, es enriquecerse recíprocamente en la búsqueda profética de caminos pastorales y convivencias fraternales.

Comunión sacerdotal significa también soportarse y corregirse mutuamente con franqueza y delicadeza fraternal; es además dialogar y cuestionar, estudiar y madurar en la visión exigente de la nueva evangelización.


2. Colegialidad

Como San Pedro y los demás apóstoles formaron un sólo colegio apostólico, así el Papa y los obispos, sucesores de los apóstoles, se unen entre sí, formando la capitalidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, guiados por la autoridad suprema del Santo Padre.

Aquí me permito mencionar el ahora superado concepto preconciliar sobre la colegialidad. El mismo interpretaba el servicio apostólico del Santo Padre como la única autoridad suprema y aislada, en medio de una pluralidad de obispos, independientes entre sí.

El concepto posconciliar enseña que el Papa, como pastor supremo, es la cabeza de un Colegio Episcopal.

Aquí podemos interpretar, salvaguardando las distancias, que el pastor diocesano es sacramentalmente corresponsable con su presbiterio en toda la amplia gama de la pastoral de la Iglesia particular.

Análogamente también, forman los presbíteros un cuerpo cuya cabeza es el obispo, el cual no es un pastor solitario, sino que está acompañado por un cuerpo de colaboradores auténticos, cuyos miembros son para él esencialmente hermanos, consejeros, amigos, confidentes, ayuda y su gozoso consuelo pastoral.

La colegialidad requiere por ello la decisión de vivir profundamente la unidad auténtica, alegre y esperanzada.

La colegialidad es una inmensa ayuda en la pastoral diaria, que exige la fidelidad personal a los deberes propios y comunitarios que brotan de un corazón misionero, generoso y comprometido.

La colegialidad exige un profundo respeto y además una auténtica fidelidad a los derechos y deberes parroquiales, imitando las actitudes de Buen Pastor, tanto en la oración como en la acción diaria, en la planificación anual, en la revisión personal como en el consejo pastoral parroquial

La colegialidad expresa una permanente confianza recíproca con los demás sacerdotes, abarcando toda la tarea diaria del misterioso cuerpo pastoral con sus grandes ideales y la auténtica visión eclesial. 


3. Sacramentalidad

Enseña la Iglesia que tanto en los obispos como en los sacerdotes, Cristo está presente y actúa por la gracia del sacramento. Cada bautizado, por cierto, participa de la misión profética, sacerdotal y real de Cristo; sin embargo, el sacerdote la vive con una inmensa profundidad para guiar, enseñar y santificar su grey.

La sacramentalidad es por lo tanto la base de la colegialidad eclesial que procuramos redescubrir, reasumir y revivir diariamente en la oración, planificación y acción pastoral.

El sacramento transforma virtualmente al candidato que lo recibe con fe y humildad, convicción y sinceridad, sintiéndose urgido a reactivar durante toda su vida la misteriosa gracia recibida.

En cada diócesis, el obispo y su presbiterio han de santificarse consecuentemente, a fin de crecer en la suprema ley del amor, de la paz y de la unidad, bajo el impulso del Espíritu Santo.

Me siento feliz cuando percibo que mis presbíteros son mis fieles y amados colaboradores insustituibles que me apoyan, acompañan y valoran con filial afecto. Me veo aceptado, motivo por el cual agradezco y me congratulo por mis virtuosos presbíteros.

Quisiera decirles, mis queridos sacerdotes, cómo los necesito a ustedes como hermanos, amigos y colaboradores, necesito del consejo, el aporte, la sugerencia; necesito la crítica constructiva, la animación y la cercanía.

Yo la necesito de ustedes como también ustedes han de necesitar de mi amor de pastor. ¡Seamos por ello mutuamente el uno para el otro siempre un amigo que ama, reza, ayuda y fraternalmente corrige!

Lanzados por Cristo recorremos juntos el camino, en las penas y en los sufrimientos, en la fidelidad y la unidad del amor pastoral. Evoco la maravillosa palabra de San Ignacio de Antioquía: "¡Los sacerdotes sean honrados como consejeros del obispo! Han de procurar que la unión y concordia sea como una melodía, que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre!" Aquí descubrimos que el presbiterio diocesano es realmente un cuerpo vivo y actuante, fuerte y santificante. 


4. Unidad y santidad

La íntima vinculación del presbiterio con el obispo y del presbiterio entre sí, es un nexo de gracia, es una meta y realidad salvífica. Es además un camino exigente, que conduce hacia la soñada unidad y santidad de todo el cuerpo.

Jesús llamó amigos a sus discípulos y por ello nos considera sus amigos. Este título honorífico nos alegra y nos compromete a crecer en la amistad, unidad, santidad y en la estima y colaboración recíproca.

Queridos hermanos y amigos sacerdotes: ¡Crezcamos en la santa unidad como presbiterio, animándonos mutuamente a responder con nuevos bríos y convicciones al gran desafío de la Santa Cuaresma en el marco del Año Santo!

Recordemos con las palabras y apliquemos con los hechos la medicina renovadora: la oración, limosna y sacrificio penitencial son los instrumentos clásicos y siempre eficientes de estos días de la gracia cuaresmal.

Asumir la sacramentalidad sacerdotal significa por ello valorar profundamente la inmerecida gracia del sacerdocio, que es un precioso tesoro que guardamos en un frágil vaso de barro. Nos compromete imitar la mística sacerdotal a ejemplo de Cristo, altar, víctima y sacerdote, que lo llevó a la plenitud de su oblación; debemos gastarnos diariamente, inmolándonos y entregándonos a la feligresía en la acción pastoral en un acto permanente de donación total. Así morimos a nosotros mismos y revitalizamos nuestra amada feligresía, orientándola hacia la santidad.

¡Miremos a la diócesis, a la comunidad parroquial con sincero amor pastoral, de todo corazón!

Miremos a nuestros co hermanos, a nuestros feligreses con los ojos del corazón de Cristo. ¡Amémonos en la medida del amor de Cristo!

Me permito recordar las palabras de San Eugenio: "Un amor que no conoce lágrimas ni sonrisas, simplemente no ha llegado a ser amor. El sacerdote que no conoce una pasión evangelizadora, es incapaz de conmover la mente, y mucho menos tocar el corazón..."

Nuestra adhesión a Jesucristo, nuestra convicción doctrinal y certeza en la fe eclesial, ha de inundar nuestros corazones. Cuando el divino amor del Crucificado nos cautiva, vamos cambiando de alguna manera nuestro estilo de vida como presbiterio, practicando con mayor profundidad la oración diaria (Liturgia de las horas y el rosario) y viviendo la caridad generosa quizás aún con mayor amplitud, a ejemplo del Buen Samaritano. 


Conclusión

"Feliz de ti, María, por haber creído", exclamaba Elisabeth. Ampliando la profecía, podríamos exclamar: "Bienaventurada eres tú, Iglesia en Concepción, tú, presbítero, tú, párroco, hermano y amigo, porque has asumido con humildad la fe de la Iglesia". Bienaventurado, por creer en el presbiterio, en tu sacerdocio; bienaventurado por esperar, que se cumpla la promesa del Señor en medio de nosotros. Sí, se cumplirá la promesa del Señor por su amor como fruto del Año jubilar.

Que la intercesión de la Virgen de los Dolores nos obtenga el don de reasumir con vitalidad pujante nuestra comunión, colegialidad y sacramentalidad presbiteral.

Los bendigo y abrazo en el amor de nuestro Señor Jesucristo y en la tierna devoción de la Virgen de los Dolores.


Concepción, miércoles de Ceniza de 2000

Mons. Bernardo Witte, obispo de Concepción


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº  2257, del 22 de marzo de 2000


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