Mons. Castagna: 'Sal de la tierra y luz del mundo'
- 6 de febrero, 2026
- Corrientes (AICA)
"El sabor de la Verdad procede de la presencia viva de Jesús. Él es la Verdad, y el único Camino que conduce a Ella", aseveró el arzobispo.
Monseñor Domingo Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, recordó que "el destino de los discípulos de Cristo es ser sal de la tierra y luz del mundo. El sabor de la Verdad procede de la presencia viva de Jesús. Él es la Verdad y el único Camino que conduce a Ella".
Sobre el tiempo litúrgico "durante el año" que estamos transitando, el arzobispo explicó que "es un entrenamiento de fe, como lo fue la convivencia de Los Apóstoles con su Maestro" y observó que la Iglesia, durante todo el Año Litúrgico, pone al servicio de todos los cristianos, los recursos que recibió de Cristo y "es cuando su empeño pastoral manifiesta la fuerza del Espíritu Santo".
"El mundo necesita que el sabor de la sal recupere el gusto por las cosas de Dios" -añadió-, y que la santidad constituya a los cristianos en luz, para que el mundo vea y crea. La honestidad conforma la actitud virtuosa que dispone el corazón para recibir a Cristo, la Verdad que el Padre ofrece al mundo".
Y explicó que "corresponde a la sal, preservar de la corrupción y otorgar sabor a la predicación y al testimonio de la Iglesia. Corresponde a la luz iluminar para que el mundo vea y crea. Es preciso que lo seamos, así lo entiende Jesús cuando afirma: 'Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo'".
"No dice que el mundo pretende que intentemos ser sal y luz, aclara el arzobispo, sino que, nuestra condición de bautizados, ya nos constituye en sal y luz. Nos corresponde dejar que Dios -por su Espíritu- nos convierta en 'sal y luz'.
Texto de la sugerencia
1. La sal de la tierra y la luz del mundo. Es admirable el lenguaje que Jesús adopta para que su enseñanza sea entendida por quienes quieran entenderla: "¡El que tenga oídos, que oiga!" (Mateo 13, 9). Si la sal no sala, o si la luz no ilumina, su presencia en el mundo no sirve para nada: "Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres" (Mateo 5, 13). Severa expresión, carente de todo paliativo. El destino de los discípulos de Cristo es ser sal de la tierra y luz del mundo. El sabor de la Verdad procede de la presencia viva de Jesús. Él es la Verdad, y el único Camino que conduce a Ella. El Tiempo "durante el año" es un entrenamiento de fe, como lo fue la convivencia de Los Apóstoles con su Maestro. Durante todo el Año Litúrgico, la Iglesia pone al servicio de todos los cristianos, los recursos que ha recibido de Cristo. Es cuando su empeño pastoral manifiesta la fuerza del Espíritu Santo. Pentecostés constituye el cumplimiento de la principal promesa de Jesús resucitado a los Apóstoles; innegable garantía de su permanencia "hasta el fin de los tiempos". Es cierto que el Espíritu Santo derrama sus dones, mediante el ministerio de la Iglesia, a quienes consientan recibirlos. Las enseñanzas y la práctica sacramental de la Iglesia, no interrumpen su flujo regenerador. Se han producido algunos altibajos en la historia, oportunamente resueltos en sus momentos más críticos y desalentadores. Todo momento es oportuno para reconstruir lo que muchos descuidos han erosionado la práctica de la vida cristiana. Los "tiempos fuertes" abrigan el propósito de verdad y santidad, que el mundo parece necesitar de los cristianos.
2. El Cielo como llegada a la Casa paterna. Este Tiempo incluye prestar mayor atención a las inspiraciones, vertidas en la oración: en la escucha de la Palabra, en la penitencia y en la Adoración eucarística. Dedicarle todo el tiempo posible, más "todo" que algo. Para ello, debemos aprender a "renunciar", y a cultivar la renuncia como quehacer y estilo de vida. Comporta privilegiar el silencio con Dios que ocupar el tiempo con las baratijas con las que el mundo pretende ocupar todo nuestro tiempo. Jesús, como hacía con sus principales discípulos, nos muestra el Cielo como llegada a la casa paterna, después de una larga travesía. Es preciso exponer, sin ambigüedades, lo que el Señor enseña. Todo lo que Él dijo mantiene una incuestionable vigencia. Él mismo asume la inevitabilidad de nuestra muerte con su Cruz: precio que paga para que recobremos la vida, perdida por el pecado. El mundo necesita que el sabor de la sal recupere el gusto por las cosas de Dios, y que -la santidad- constituya a los cristianos en luz, para que el mundo vea y crea. La honestidad conforma la actitud virtuosa que dispone el corazón para recibir a Cristo, la Verdad que el Padre ofrece al mundo. Los Doce y Pablo lo entendían muy bien al ejercer el ministerio encomendado por Cristo resucitado. Quienes los suceden enfrentan la incredulidad, explícita o encubierta. Lo podemos comprobar a diario, sin necesidad de interminables y complicadas encuestas. De todos modos, el conocimiento de la realidad reclama la utilidad de un servicio de encuestas. Jesús lo practica cuando pregunta a sus discípulos qué dicen los hombres de Él. Pero no se detiene en las respuestas. Pondera el discernimiento sobrenatural de Pedro que descubre su verdadera identidad divina: "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy? Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mateo 16, 15-16). Nos llevaríamos una desagradable sorpresa ante la respuesta de algunos "fervientes" católicos de la actualidad.
3. Todos los santos se consideran pecadores arrepentidos. Corresponde a la sal, preservar de la corrupción y otorgar sabor a la predicación y al testimonio de la Iglesia. Corresponde a la luz, iluminar para que el mundo vea y crea. Es preciso que lo seamos, así lo entiende Jesús cuando afirma: "Ustedes son la sal de la tierra? Ustedes son la luz del mundo" (Mateo 5, 13 y 14). No dice que el mundo pretende que intentemos ser sal y luz, sino que, nuestra condición de bautizados, ya nos constituye en sal y luz. Nos corresponde dejar que Dios -por su Espíritu- nos convierta en "sal y luz". La frivolidad es alimento desabrido, o lámpara sin aceite, incapaz de alimentar e iluminar. Para ser sal y luz es preciso que la gracia de los sacramentos y la contemplación, prevalezcan en nuestra vida ordinaria y condimenten nuestro comportamiento y proyectos de perfección. La fe impregna lo cotidiano como el aceite la madera o el mármol. Las "medias tintas" repugnan a la radicalidad exigida por el Evangelio. No se puede servir a dos señores, el bien de los hombres lo reclama todo, como obsequio a Quien todo lo da en Cristo. Adoptar la contradicción como sistema es optar por la incredulidad como respuesta a Quien en su divino Hijo no se guarda nada para Sí: "Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna" (Juan 3, 16). La radicalidad no es "fanatismo" religioso, sino la única respuesta que corresponde al don infinito de Dios. Nadie quiere darlo todo, ni siquiera a Quien todo lo da. No obstante, por ese "don total", Dios -en Cristo- nos devuelve la Vida perdida por el pecado. La radicalidad de la conversión corresponde al perdón que experimentó María Magdalena y el buen ladrón. Como ellos, todos los santos se consideran pecadores convertidos, y hacen de sus vidas una profundización de la conversión. Ella consiste en un verdadero progreso en el amor: "Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor" (Lucas 7, 47). El perdón es amor, como misteriosa devolución a quienes el amor los mueve al auténtico arrepentimiento.
4. El amor atrae el perdón. ¡Qué inseguridad causa la ausencia o tibieza del amor en quienes imploran el perdón! El Sacramento de la Reconciliación no es una "tintorería al paso", es el restablecimiento del amor. La fidelidad de hoy -el amor- borra las infidelidades pasadas. Se le perdona porque ama. El amor, como fidelidad de hoy, es la mejor preparación para una buena confesión. La absolución es una aplicación del amor misericordioso de Cristo, a quienes deciden recomponer su amistad con Dios.+