Último sermón de Cuaresma: la libertad nace del dolor

  • 27 de marzo, 2026
  • Ciudad del Vaticano (AICA)
El predicador de la Casa Pontificia señaló un camino que no evita el sufrimiento, sino que lo atraviesa, hacia la plenitud de la vida.

El predicador de la Casa Pontificia, fray Roberto Pasolini OFM Cap, ofreció hoy, 27 de marzo, su cuarta y última meditación de Cuaresma a la Curia romana, con la presencia del papa León XIV, sobre el tema: "La libertad de los hijos de Dios. Gozo perfecto y muerte como hermana", en el Aula Pablo VI.

En la meditación, el predicador papal habló sobre cómo preparar el terreno para un encuentro con Jesús y cómo esto se relaciona con nuestras relaciones con los demás. Es ahí, como argumentó el padre Pasolini, donde nace la verdadera libertad cristiana. Inspirándose en la vida de San Francisco de Asís, señaló un camino que no evita el sufrimiento, sino que lo atraviesa hacia la plenitud de la vida.

Francisco y el secreto de la alegría perfecta
En el año en que la Iglesia conmemora el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, su vida cobra una relevancia extraordinaria. No como la leyenda de un santo alejado de la realidad, sino como la historia de un hombre que soportó la crisis, la soledad y el sufrimiento, y allí descubrió la libertad de los hijos de Dios. Como recordó el padre Pasolini, uno de los momentos más sorprendentes de la espiritualidad de Francisco es la historia de la "alegría perfecta". Esta alegría no se encuentra en los éxitos, los milagros ni el reconocimiento ajeno; por el contrario, nace de la experiencia del rechazo.

Esta intuición desafía nuestra comprensión moderna de la felicidad. No consiste en que todo salga bien, sino en la capacidad de mantener la paz interior cuando la vida duele. La alegría cristiana no elimina el sufrimiento, pero tampoco permite que este tenga la última palabra.

Las Bienaventuranzas en la práctica
Esta lógica tiene su origen en el Evangelio de Mateo. Jesús proclama bienaventurados no a los que prosperan, sino a los pobres, a los que lloran y a los perseguidos. Esto no es una alabanza al sufrimiento, sino la revelación de una verdad más profunda: la felicidad no depende de las circunstancias externas. 

"El pobre de Asís no sólo comprendió estas palabras, sino que las encarnó", argumentó el franciscano. Su vida demuestra la posibilidad de una libertad que no se derrumba ante las adversidades, sino que madura en ellas.

Heridas que se convierten en punto de encuentro
Un signo particular de esta transformación fueron los estigmas que Francisco recibió en el Monte La Verna. No fueron un milagro espectacular para admirar, sino un signo de un viaje interior. "Sus heridas físicas y espirituales no desaparecieron tras su muerte, sino que se transfiguraron". Esta es una corrección importante en nuestra concepción de la fe. El padre Pasolini enfatizó que "Dios no elimina automáticamente el sufrimiento, pero puede transformarlo en un espacio de relación". 

Como nos recuerda san Pablo, nada "podrá separarnos del amor de Cristo". Incluso lo que parece un fracaso puede convertirse en un espacio para que el amor madure.

"Hola, Hermana Muerte"
La culminación de este camino es la forma en que Francisco vivió su propia muerte. No la rehuyó ni la ocultó con silencio. La llamó "hermana". Esto no es un gesto poético, sino el fruto de un largo proceso de reconciliación. Un hombre que dedicó su vida a aprender a desprenderse de las posesiones materiales, los planes y el deseo de controlarlo todo, finalmente logra entregarse. La muerte dejó de ser una enemiga y se convirtió en un paso hacia las manos del Padre.

Desnudo sobre el suelo desnudo
La imagen final de la vida de Francisco es tan conmovedora como sencilla: muere desnudo, tendido en el suelo. No se trata de un gesto dramático, sino de la consecuencia de todo su camino. Ha regresado a lo más primigenio, a ser una criatura que lo recibe todo. En un mundo que nos enseña a protegernos y controlarnos, San Francisco nos recuerda que la verdadera libertad no nace de las posesiones, sino de la confianza. No de la fuerza, sino de aceptar nuestra propia fragilidad.

La libertad que queda
La historia de Francisco, como recalcó el padre Pasolini, no es la de un héroe extraordinario, sino más bien una propuesta de camino. Demuestra que incluso en la experiencia del rechazo, el sufrimiento o el miedo a la muerte, es posible un espacio de libertad. Es la libertad de quien ya no tiene que defenderse de la vida, porque ha descubierto que el amor está presente en cada momento y que nada puede destruirlo.+