Viernes 20 de febrero de 2026

Mons. Castagna: Amar a Dios y obedecer su voluntad, la auténtica penitencia cuaresmal

  • 20 de febrero, 2026
  • Corrientes (AICA)
El arzobispo emérito de Corrientes afirmó que "al decidir seguir a Jesús adoptamos la renuncia como método de vida y manifestamos nuestro propósito de negarnos a todo lo que contraría la voluntad.
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Al reflexionar sobre las lecturas del próximo domingo, primer domingo de Cuaresma, monseñor Domingo Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, señaló que es Jesús, quien nos muestra cómo debemos vivir esta Cuaresma: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga".

"Al decidir seguir a Jesús -puntualizó el arzobispo- adoptamos la renuncia como método de vida. Para ello, manifestamos nuestro sincero propósito de negarnos a todo lo que contraría la voluntad de Dios".

"De esa manera -añadió- el creyente presta atención exclusiva al cumplimiento de la voluntad divina, como único propósito" y Jesús se presenta como modelo a imitar, "para quienes se muestren dispuestos a dedicar sus vidas a que el mundo se encuentre con Él, su exclusivo Salvador".

Monseñor Castagna sugiere entonces "aprender de Él a ser como Él" y el tiempo de Cuaresma, "es el espacio propicio para una práctica penitencial que nos consustancie con las actitudes ejemplares de Jesús".

Asimismo, el arzobispo emérito destaca en María "una escuela viviente de esa condición del corazón", y es Ella quien "nos acompaña e intercede, con sinigual eficacia, ante su Hijo divino".

"Su presencia maternal -concluye el arzobispo- es indispensable en nuestra conversión y en la acción santificante del Espíritu Santo". 

Texto de la sugerencia
1. La auténtica penitencia cuaresmal. Jesús nos muestra cómo debemos vivir esta Cuaresma. Amar a Dios, obedeciendo su voluntad, es la auténtica penitencia cuaresmal. Incluye la abnegación como método de vida. Jesús la considera necesaria: "Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga" (Mateo 16, 24). Al decidir seguir a Jesús adoptamos la renuncia como método de vida. Para ello, manifestamos nuestro sincero propósito de negarnos a todo lo que contraría la voluntad de Dios. De esa manera, el creyente presta atención exclusiva al cumplimiento de la voluntad divina, como único propósito. Jesús se presenta como modelo a imitar, para quienes se muestren dispuestos a dedicar sus vidas a que el mundo se encuentre con Él, su exclusivo Salvador. La misión de la Iglesia no tiene otro objetivo: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra" (Juan 4, 34). En Jesús, obediente al Padre, podremos descubrir su voluntad. El extremo de esa obediencia es la Cruz. La crueldad, a la que fue sometido durante la Pasión, ofrece un panorama impresionante de su obediencia a Quien lo envió. Los santos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, manifiestan una singular dedicación a la contemplación de los indecibles sufrimientos de Cristo. No obstante, no se quedan en la mera compasión. Sus corazones se enternecen ante el amor de Dios, que llega a ese extremo.

2. Aprendemos de Él a ser como Él. Es preciso, como ellos, ser testigos del amor que incluye ese inexplicable extremo. El tiempo de Cuaresma, cuyo primer domingo hoy celebramos, es el espacio propicio para una práctica penitencial que nos consustancie con las actitudes ejemplares de Jesús. Aprendemos de Él a ser como Él: hijos obedientes del Padre; con un amor inconmensurable por los hombres, inamables por causa del pecado. El amor redentor de Cristo, expresado en la Cruz, llama a la conversión y a la santidad. La Iglesia, por la Palabra y la Eucaristía, identificada con su Señor y Maestro hasta obtener la calidad de instrumento, para hacerlo presente entre los hombres. Durante estas cinco semanas se nos ofrecerá la ocasión de escuchar su Palabra y obedecerla. Una verdadera ejercitación para la construcción de un mundo nuevo. La Iglesia echa mano a una pedagogía que aprende de su Maestro. Insiste "con ocasión y sin ella", como lo hacía y recomendaba el gran Apóstol Pablo. Para que se cierna sobre el mundo, derrumbado a causa de su alejamiento irresponsable del Padre y de Quien lo revela en su persona. La misión actual de la Iglesia, y de cada uno de sus bautizados, es hacer conocer a Cristo en la vida. Está acertadamente expresado en la intención apostólica del Beato Angelelli: "Con un oído puesto en el Evangelio y otro en el mundo". Únicamente así podrá entenderse la acción evangelizadora de la Iglesia. Poner el oído en el Evangelio supone la fiel aceptación de Cristo-Palabra y, cumpliendo su obra en cada bautizado, hacerlo presente en el mundo.

3. Los Santos: los grandes evangelizadores. Los grandes y ejemplares íconos de la evangelización son los santos -ministros o simples fieles- cada uno de ellos comprometido, desde la fe, con su particular rol en la Iglesia y en la sociedad. La santidad se encarna, y hace que los santos graviten en la vida del mundo. La Iglesia así lo entiende cuando procede a la canonización de varones y mujeres cristianos: jóvenes, niños y ancianos. Para esa solemne definición sólo tiene en cuenta la práctica heroica de las virtudes cristianas. Para ello, examina con cuidado la vida de los bautizados candidatos, para proceder a su beatificación o canonización. No todos los santos son canonizados por la Iglesia, por ello ha instituido una Fiesta que los incluye a todos: Solemnidad de Todos los Santos. La santidad es una consecuencia obligada de la respuesta a la exhortación de Cristo. Tiempos, como la Cuaresma, se constituyen en tiempos de renovación de la personal conversión. El anuncio de la Palabra y la celebración de la Eucaristía crean el clima espiritual adecuado para actualizar y recrear la fidelidad al Padre. De allí la centralidad, en la teología y en la Liturgia, de la Lectio Divina y de la Adoración eucarística. Cuando se produce un descuido, de su fervorosa práctica, se aleja de la vida cotidiana la gracia que los hombres necesitan para ser sus receptores. Durante este Tiempo la Iglesia se esmera, por todos los medios posibles, a que el mundo recobre su sensibilidad espiritual y sea permeable a la gracia divina. Sería una especie de pre evangelización, en la que contribuyen, aun inconscientemente, quienes se empeñan en aportar, en los ámbitos diversos en los que se construye un auténtico progreso humano. 

4. La presencia materna de María. Cuaresma posee su legítima expresión en la exhortación con la que Jesús concluye sus primeras incursiones misioneras: "A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca" (Mateo 4, 17). Lo que sabe María Santísima, y transmite generosamente, demanda de sus más pequeños hijos vivir en su intimidad, como niños recién nacidos. Es allí donde advertimos que la pureza de corazón es reclamada por Jesús a quienes lo siguen. María es una escuela viviente de esa condición del corazón, y es ella quien nos acompaña e intercede, con sinigual eficacia, ante su Hijo divino. La Cuaresma constituye el ámbito en el que se mueve María, desde su capacidad esponsal, para que el Espíritu realice su obra en cada uno de nosotros. Su presencia maternal es indispensable en nuestra conversión y en la acción santificante del Espíritu Santo.+