Queridos jóvenes, les escribo esta carta como un modo de estar más cerca de ustedes. Quisiera decirles, antes que nada, que Dios los ama entrañablemente, que Dios los lleva en su corazón. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre y nuestro hermano, entregó su vida, derramó su sangre preciosa, por cada uno de ustedes, y nos enseñó a encontrar la felicidad, no en la soledad y el aislamiento, sino en la entrega a los demás y en la vida compartida con otros. La muerte en Él no tuvo la última palabra, sino que al tercer día resucitó, y nos resucitó a todos, para que podamos vivir en la luz, la alegría y la esperanza. Y nos dio su Espíritu para hacernos comunidad.
En octubre del año pasado, reunidos con muchos hermanos en la Asamblea del Pueblo de Dios en Dolores, los miramos a ustedes, y reconocimos que son un signo de esperanza para nuestra diócesis. Escuchamos la invitación del Señor a estar más cerca de ustedes, para ofrecerles espacios de encuentro y de atención, abriéndoles más las puertas de nuestras parroquias, capillas y colegios, saliendo a su encuentro para estar y acompañarlos donde ustedes están, para valorarlos y recibir de ustedes todo lo bello que tienen para dar y compartir. La Iglesia los necesita. Necesita su fuerza, su entusiasmo, su creatividad, su novedad, su alegría, su espontaneidad, su transparencia, sus sueños, su libertad, su inconformismo, sus ganas de cambiar este mundo.
Ante todo, los invito a que se animen a soñar y a soñar en grande. Los sueños nos mantienen vivos y alimentan nuestra esperanza. Son el motor que nos hacen levantarnos cada mañana. No dejen que nada ni nadie frustre sus sueños. Ustedes están llamados a cosas grandes, no se contenten con migajas, anímense a jugarse por entero, a no conformarse con pequeñeces. No resultará fácil. Las adversidades, tropiezos y fracasos estarán a la orden del día. Pero no se desanimen, ni dejen que nada apague ese fuego. Cuenten con Jesús. Cuenten con nosotros, los adultos, para ayudarlos en esta búsqueda para descubrir el sueño de Dios para cada uno de ustedes, esa vocación sagrada, esa misión única en el mundo, ese proyecto de vida.
No se dejen engañar por falsas promesas, por tantos atajos que se les quieren proponer para alcanzar la felicidad. Puras promesas nomás, ilusiones y fantasías. Ustedes los reconocen bien, son los mercaderes de la muerte que, a costa de su dinero, su tiempo, su atención, su salud, incluso su vida, les terminan por traer muerte y aislamiento, soledad y desencanto. La droga, el alcohol, las apuestas, la sexualidad desenfrenada sin amor, el suicidio y tantas cosas más son una ilusión que no cumplen lo que prometen. Ellos pretenden quitarnos la angustia y el sufrimiento, con espejitos de colores. Pero no lo hacen, sino que nos hunden más en la oscuridad, y junto a nosotros a nuestras familias y amigos. Frente a todo esto, elegimos transitar, más bien, otros senderos más sanos y humanos. El diálogo, la sana amistad, la familia, la fe, la comunidad, el servicio al que sufre, son caminos más lentos, pero más seguros, que no nos dejan vacíos, sino que nos van conduciendo a una plenitud, la que buscamos y necesitamos. En definitiva, los invito a descubrir en Jesús esa Vida capaz de saciar nuestra sed más profunda de sentido y de amor.
Ustedes son luz. Ustedes son templos del Espíritu Santo, llevan un tesoro en su corazón, no pierdan de vista nunca esto. Sepan pedir ayuda. Busquen gente de bien que los quiera y los acompañe, que los anime a desplegar la belleza y la luz que los habita. Perdón por las veces que no supimos escucharlos o estar cerca. Perdón porque muchas veces no les hemos ofrecido espacios en nuestras comunidades. Perdón por la falta de compañía, por la falta de ejemplo, de testimonio, por desanimarlos con nuestras incoherencias, por no mostrarles lo bella que es la vida. Perdón por no presentarles más propuestas. Deseamos tomarlos más en serio. Ayúdennos a encontrar el camino. Necesitamos escucharlos, que nos puedan expresar en qué y cómo podemos ayudarlos, qué necesitan, qué esperan de nosotros. ¿Qué esperan de la Iglesia? ¿Qué Iglesia sueñan? ¿Qué podemos cambiar para hacerlos sentir más en casa, para comprenderlos mejor? ¿Qué les gustaría encontrar en nuestras capillas, colegios y parroquias?
En este tiempo de escucha, como diócesis de Chascomús, esperamos oír su voz. Queremos escucharlos, acompañarlos y responder a sus necesidades. Deseamos que nuestras comunidades sean espacio de acogida para ustedes, donde puedan preguntarse y responder por su sed más profunda. Todos necesitamos sentirnos parte de una comunidad, que nos reciba y acepte con nuestras riquezas y fragilidades. Necesitamos pertenecer y participar, dando nuestro aporte único y original, aquello que Dios soñó dejar en este mundo a través de cada uno. La Iglesia es su Casa y su Familia. Las puertas están abiertas para ustedes. Ustedes son la Iglesia.
Y en esto de ponernos a la escucha, quisiera recoger la voz de los jóvenes de las escuelas católicas de todo el país, reunidos meses atrás en el encuentro de Alas y Raíces. Estas palabras nos ayudan mucho para que nuestros colegios y parroquias sepan responder realmente a las necesidades que ustedes tienen. Por eso las transcribo a continuación:
1. Proclamamos el valor de la escucha.
La escucha verdadera transforma. Nos abre, nos sana, nos afirma. Pedimos que nunca se pierda la capacidad de escucharnos con respeto y sin prejuicios. Cuando somos escuchados, encontramos sentido y esperanza.
2. Proclamamos que la escuela nos importa.
Queremos una escuela viva, humana, cercana, que nos prepare para la vida y no solo para exámenes. Deseamos una educación que toque nuestros corazones, nuestras preguntas, nuestras búsquedas. Anhelamos que la escuela favorezca el encuentro con un Cristo vivo, que nos ama y nos quiere felices.
3. Proclamamos nuestro deseo de protagonismo.
No queremos ser espectadores: queremos construir, aportar, proponer. Creemos que nuestra voz puede mejorar la escuela, renovar la educación del país, especialmente escuchando con audacia el clamor que nace de la tierra y de los pobres.
4. Proclamamos que ninguna desigualdad debe naturalizarse.
Vemos diferencias que duelen y que marcan caminos desiguales. Creemos que la educación puede ser puente, abrazo, reparación y transformación.
5. Proclamamos que necesitamos acompañamiento cercano.
La salud mental y emocional, nuestras dudas vocacionales, nuestras heridas y presiones necesitan espacios de contención. Acompañarnos es también educar.
6. Proclamamos la fuerza de la esperanza.
Somos una generación que no se resigna. Creemos en el futuro, en el país, en la familia, en la escuela y en la comunidad que nos acompaña. Y creemos que juntos podemos sembrar algo nuevo, reconociendo que Jesús es la verdad, el camino y la vida.
7. Proclamamos que somos una constelación.
Cada escuela, cada diócesis, es una estrella. Solos brillamos un poco, juntos iluminamos caminos. Pedimos seguir construyendo puentes, compartiendo la vida y caminando bajo un mismo cielo.
Para terminar, quisiera invitarlos a mirar a un joven, San Carlo Acutis, que supo vivir con sentido. Él decía: Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias. Él vivió su amistad con Jesús, a través de la Eucaristía, que la entendía como su autopista hacia el cielo. Su cercanía con la Virgen, lo hacía rezar cada día el Rosario y sentirla como la mujer de su vida. Carlo consideraba que la felicidad consistía en levantar la vista hacia Dios y la tristeza en dirigir la mirada hacia uno mismo. Por eso, mirando a San Carlo Acutis, les recomiendo estos tres pilares para sostener sus vidas: la oración, la comunidad y la misión. Ellos mantendrán su fuego interior y darán un sabor especial y único a sus vidas. Dios los bendiga y la Virgen los cuide. Con inmenso cariño,
+ Padre Juan Ignacio Liébana, obispo de Chascomús
2 de febrero 2026 - Fiesta de la Presentación del Señor y de la Virgen de la Candelaria