Sábado 21 de marzo de 2026

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Queridos hermanos y hermanas:

Nos disponemos a celebrar el tiempo cuaresmal como tiempo de gracia y penitencia que nos prepara para celebrar el misterio central de nuestra fe, que es la Pascua. Nuestra fe, centrada en la persona de Jesucristo, el Señor, de quien queremos ser discípulos y misioneros, nos lleva a revisar nuestra vida y el seguimiento de Aquel en quien creemos, Aquel que se hizo uno de nosotros para salvarnos y revelarse, para que comprendamos que nuestra vida está cargada de sentido y que todos los bautizados tenemos una vocación y una misión. En la Pascua celebramos el misterio del amor de Dios, de un Dios cercano que se hizo hombre, de Jesucristo el Señor, que por nosotros murió y resucitó.

En estas semanas de Cuaresma, a través de la espiritualidad de la liturgia, nos disponemos a renovar nuestra fe, esperanza y caridad. Con esta reflexión cuaresmal deseo que, durante este tiempo litúrgico, tengamos una verdadera disposición de volver a Dios.

En medio de las exigencias de la vida, lo habitual es caer en un cierto activismo. Es cierto que nuestra realidad, las exigencias propias del trabajo, cumplir con las obligaciones que se van generando en la vida, nos lleva a no tener espacio para pensar sobre nosotros: cómo estamos, revisar nuestra relación con Dios y con los otros, familiares y amigos.

Por un lado, estamos hiperrelacionados: el uso de las nuevas tecnologías, el celular y otras maneras que rápidamente se suman, nos consumen casi todo el tiempo, incluso generando adicciones de dependencia a una cultura que nos hace excesivamente extrovertidos, pero a la vez generando vacíos en nuestra espiritualidad e interioridad.

No dudo que es un tema para reflexionar y discernir, porque define cómo nos relacionamos con Dios, con los otros, mis hermanos y con nosotros mismos.

Un mundo donde prima casi exclusivamente la extroversión (estar afuera), nos puede llevar a sumergirnos en un profundo individualismo. Tener información, pero correr el peligro de ser superficiales y caer en un desinterés real por los otros, dificulta la experiencia de los demás como mis hermanos y nos hace pasar a creer en Dios solo conceptualmente, sin un encuentro de fe profundo. Una experiencia que no sea solo afectiva, sino que genere un vínculo que nos permita creer que Dios es amor, que somos hijos porque Él es nuestro Padre, y por eso los otros son mis hermanos.

Cuando caemos en un estilo de vida excesivamente extrovertido, nos hacemos incapaces de discernir y de comprender la realidad. Lo pragmático forma nuestro juicio y genera relaciones superficiales. En realidad, es una forma de deshumanizarnos. Entonces nos dejamos ganar por un individualismo que dificulta que amemos. Dios es amor, y nosotros, que fuimos hechos a su imagen y semejanza, estamos hechos para amar. Entonces, cuando amamos, nos humanizamos. El odio, el egoísmo, sobre todo la soberbia y la avaricia, están ligados al individualismo, que siempre genera indiferencia e injusticia, y finalmente nos quita la posibilidad de ser felices. La persona que está hecha para amar, cuando ama, allana los caminos hacia la felicidad.

Esta reflexión cuaresmal nos puede ayudar a evaluarnos, haciendo un examen de conciencia sobre cómo vivimos humanamente -y, obvio, como cristianos-, discerniendo no solo buscando pecados, sino mirando si nuestro estilo de vida intenta asumir un camino que sea un verdadero discipulado de la fe en Jesucristo, nuestro Señor.

En estas semanas del tiempo cuaresmal es clave disponernos realmente a volver a Dios. Cuando planteo el contexto en el que muchas veces estamos, de una cultura extrovertida, debemos discernir si tenemos adicciones que nos van ensimismando en formas de individualismo e indiferencia, rompiendo o debilitando vínculos con Dios y con nuestros hermanos, sobre todo con los más pobres, necesitados o excluidos.

Es necesario aclarar que tratar de no ser víctimas de una cultura solamente extrovertida no es volvernos introvertidos. Eso sería sumergirnos en situaciones que pueden generar problemas psicológicos o que afecten nuestra salud. La respuesta a una cultura excesivamente extrovertida es buscar caminos de interioridad desde nuestra capacidad de vida espiritual. Esto está ligado a poder buscar estar en paz con nosotros mismos, a hacer silencio interior, a abrirnos a Dios que obra su gracia, a aplacar tanto ruido que dificulta escuchar la voz de Dios. Su amor siempre quiere salir a nuestro encuentro, pero nosotros tenemos que decidirnos a volver a Dios.

Nos hará bien, en este tiempo cuaresmal, leer y rezar la Parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-31). Cuando el hijo que abandonó a su padre reconoció su pecado y dijo: "Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti", el padre lo vio volver de lejos y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente. Meditar en la parábola del hijo pródigo nos ayudará a revisar, en este tiempo cuaresmal, nuestro estilo de vida, para ver cómo vivimos nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. En el sacramento de la confesión podemos experimentar que Dios, nuestro Padre, nos espera con un beso, un abrazo y una fiesta.

En esta búsqueda de realizar un buen examen de conciencia en este tiempo cuaresmal, considerando nuestro estilo de vida cristiano, criterios y opciones que realizamos, quiero proponer que evaluemos cómo consideramos al otro, que es mi hermano. En una declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, publicada el 2 de abril de 2024, denominada Dignitas infinita sobre la dignidad humana, quiero subrayar un párrafo para que lo leamos y nos preguntemos cómo asumimos esta enseñanza de la Iglesia. Nos dice la introducción: «Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. Este principio, plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos. La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús. De esta verdad extrae las razones de su compromiso con los que son más débiles y menos capacitados, insistiendo siempre "sobre el primado de la persona humana y la defensa de su dignidad más allá de toda circunstancia".»

Esta declaración continúa, pero a partir de este texto podemos preguntarnos si el concepto fundamental que nos enseña que toda persona es infinitamente digna por ser imagen y semejanza de Dios lo tenemos realmente internalizado en nuestros criterios y modos de obrar. Lamentablemente, en el contexto global y en nuestra realidad concreta, nos encontramos con cristianos que, de hecho, matan, condenan, dañan o ignoran el valor infinito de la dignidad humana que tienen los otros, que son mis hermanos.

El texto de la declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe señala algunos puntos que podemos considerar en nuestro examen de conciencia personal y comunitario: nuestra actitud ante el drama de la pobreza, de la guerra, el trabajo de los migrantes, la trata de personas, los abusos sexuales, las violencias contra las mujeres, el aborto, la maternidad subrogada, la eutanasia y el suicidio asistido, el descarte de las personas con discapacidad, la teoría de género, el cambio de sexo y la violencia digital. Son temas intensos, y podemos sumar muchos otros que forman parte de nuestra vida cotidiana, donde se va haciendo común desconocer al otro como mi hermano.

Esta Cuaresma nos permitirá evaluar y discernir, tanto en lo personal como en nuestras comunidades y en la misma diócesis, si nuestra tarea evangelizadora -que es el pedido que nos hizo el Señor- la realizamos con dos rasgos que verifican nuestra fidelidad al Evangelio: si somos una Iglesia misionera y samaritana.

Como señalaba al inicio de esta reflexión, cuando estamos sumergidos en una cultura excesivamente extrovertida y materialista, sin interioridad, nos hacemos individualistas. Perdemos el corazón de la vida cristiana y de la evangelización, que es la caridad. El Papa León nos dice en la carta para las misiones 2026: «La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo: una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor».

Será fundamental, en este tiempo cuaresmal en que queremos volver a Dios y a nuestros hermanos -sobre todo a los más pobres y excluidos-, que con una búsqueda de interioridad revisemos, desde la caridad y la justicia, si con nuestras obras vivimos un vínculo profundo con Dios y con los hermanos. Y también el daño que podemos realizar si los perjudicamos en nuestros criterios, opciones y decisiones, o bien si los ignoramos y miramos para otro lado, como los religiosos que pasaban indiferentes en la parábola del Buen Samaritano.

Quiero recordar un gesto penitencial de conversión que hacemos cada año en el tiempo de Cuaresma: la colecta que denominamos del 1%, como aporte del total de ingresos del mes. Esto no hace referencia tanto a un porcentaje numérico, sino a la consideración de que, con el aporte generoso que hacemos como fruto de nuestra solidaridad, ofrecemos aquello que la Iglesia practicó desde sus orígenes: la comunión de bienes. Con nuestro aporte -que solo tiene valor espiritual cuando es fruto de la búsqueda de Dios- podemos ayudar a muchos hermanos para mejorar sus viviendas y letrinas; así como la realización de viviendas, también será posible instalar en algunos asentamientos un salón comunitario de usos múltiples, casitas pastorales desde donde irradiar solidaridad, compartir la catequesis, realizar bautismos y celebrar al Señor.

Durante la Cuaresma, y especialmente el fin de semana del 14 y 15 de marzo, pondremos en ejercicio la comunión de bienes como práctica cuaresmal.

El buscar crecer en interioridad, sobre todo en tiempos excesivamente extrovertidos, nos ayudará a revisarnos desde el amor que Dios nos tiene, con la certeza de que, si volvemos a Él, nos recibirá con un abrazo de Padre, como al hijo pródigo. Abrazados por su amor somos plenos y podemos ser testigos de la Pascua y de la esperanza.

Les envío un saludo cercano como Padre y Pastor.

Miércoles de ceniza, 18 de febrero del Año del Señor 2026.
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

Queridos hermanos y hermanas:

En las horas previas a ingresar por primera vez a un quirófano, para la cirugía de reparación de la válvula mitral, quiero comenzar expresando mi gratitud más honda por la inmensa cercanía recibida: los mensajes, el afecto y, de un modo particular, la comunión en la oración, que me sostiene con una delicadeza que realmente conmueve. Desde este umbral tan concreto y profundamente humano, me dispongo, como cada año, a compartir con ustedes el Mensaje de Cuaresma 2026. La cirugía tendrá lugar el 20 de febrero, primer viernes de Cuaresma, en un tiempo que, providencialmente, me encontrará atravesando el desierto con nombre propio, pero caminando juntos.

Este año, la Cuaresma nos encuentra viviendo una gracia particular como Iglesia que peregrina en Avellaneda-Lanús: celebramos los 25 años del inicio de este camino compartido como una única realidad diocesana. Por esta razón, los invité a vivir este tiempo como un Año Jubilar, bajo el lema "Renovando la alianza, caminamos juntos".

No se trata simplemente de una coincidencia de fechas, sino de una oportunidad providencial para volver al corazón del mensaje de Jesús y dejarnos renovar por el Dios que, fiel a su promesa, nunca deja de convocarnos como pueblo. Renovar la alianza es volver a reconocer que es Dios quien toma siempre la iniciativa y nos reúne. Caminar juntos es recordar que la fe no se vive en soledad, sino como experiencia compartida: somos un pueblo en marcha, llamado a crecer en fraternidad y comunión.

En este contexto jubilar, el llamado a volver a Dios -tan propio de la Cuaresma- adquiere un tono especialmente comunitario. Se nos invita no sólo a revisar nuestra vida personal, sino también a dejarnos interpelar como comunidades en camino para poder crecer en la vivencia de una unidad que se deja enriquecer por la diversidad.

Como nos decía el Papa León al iniciar su pontificado: "quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado" [1] Este mismo anhelo queremos asumir como Iglesia de Avellaneda-Lanús. Sólo así seremos también "una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad: una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja cuestionar por la historia y que se convierte en fermento de concordia para la humanidad"[2]. 

Me parece importante aclarar que este Año Jubilar no pretende sumar actividades ni cargar el calendario diocesano con nuevas exigencias, sino ofrecer un horizonte de sentido que renueve aquello que ya vivimos habitualmente. No se trata de consignas a cumplir ni de indicaciones formuladas como recetas, sino de propuestas pastorales que buscan abrir caminos, despertar procesos y alentar el discernimiento comunitario. Por eso, junto a los encuentros comunes, se han propuesto algunos signos y materiales sencillos -el logo, el himno y algunos subsidios- pensados como una ayuda y un estímulo, no como un esquema rígido. Confío sinceramente en la creatividad de nuestras parroquias, capillas, comunidades y decanatos para encarnar este espíritu jubilar según sus posibilidades y realidades concretas. Esa creatividad, sin embargo, no nos exime del trabajo serio del discernimiento ni del llamado a caminar en comunión: acoger estas propuestas forma parte de una Iglesia que no se repliega en lo propio, sino que busca, aun en la diversidad, un mismo pulso, una misma orientación y una misma esperanza.

Por eso, en este horizonte jubilar, quisiera proponerles para esta Cuaresma tres gestos que pueden ayudarnos a encarnar de manera concreta este camino compartido y a vivir con fruto este tiempo de gracia.

Purificar la memoria para sanar la comunión
El primero es la purificación de la memoria, que se concreta en la invitación a celebrar -en algún momento de nuestro camino cuaresmal- un espacio de celebración penitencial comunitaria, como parte del camino de reconciliación y renovación.

No se trata sólo de reconocer nuestros pecados personales, sino también de animarnos a mirar, con humildad y verdad, aquellas actitudes y prácticas que a lo largo de nuestra historia han herido la comunión, debilitado la confianza o lastimado la unidad. Sabemos que las divisiones, las indiferencias, las durezas del corazón, las omisiones y los estilos que excluyen no son ajenos a la vida de nuestras comunidades.

Purificar la memoria es un acto de esperanza. Es dejarnos reconciliar por Dios para poder reconciliarnos entre nosotros. Es abrir espacio a su misericordia, permitiendo que sane nuestros vínculos y renueve nuestra manera de encontrarnos. En este sentido, la celebración penitencial comunitaria puede ser un signo fuerte de este deseo compartido de volver al Evangelio y de caminar juntos con un corazón más libre y fraterno.

Ojalá podamos vivir este gesto no como una formalidad, sino como una verdadera experiencia espiritual y comunitaria, que nos disponga a celebrar la Pascua como pueblo reconciliado y renovado en la alianza. Cuando nos encontremos en la noche del Miércoles Santo para celebrar en la Catedral la Misa Crismal, lo haremos entonces con la alegría de haber experimentado, una vez más, la misericordia del Señor, que todo lo renueva.

Hacer memoria agradecida de los testigos de la fe
El segundo gesto que quisiera proponerles es el de la memoria agradecida de los testigos de la fe: hombres y mujeres -laicos y laicas, religiosos y religiosas, sacerdotes- que, con su entrega silenciosa, su fidelidad cotidiana y su amor al Evangelio, han dejado una huella profunda en la vida de nuestras comunidades. Muchos de ellos me han sido presentados a través de la voz entrañable de nuestro pueblo de Avellaneda-Lanús: nombres pronunciados con cariño, historias compartidas con ternura, recuerdos que siguen vivos en los barrios, en las capillas y en las parroquias. A varios no llegué a conocerlos personalmente, porque ya habían partido, pero los conocí del modo más verdadero: por el testimonio agradecido de quienes hablaron de ellos como de pilares sencillos y firmes de la vida comunitaria. Otros, en cambio, me ha tocado acompañarlos y despedirlos en estos casi cinco años de camino compartido. A todos ellos me refiero cuando los invito, en este tiempo jubilar, a recuperar los nombres y la memoria de tantos testigos de la fe que, sin buscar protagonismos, sostuvieron y siguen sosteniendo la esperanza de nuestras comunidades.

Nadie camina solo. Nuestra fe es siempre una herencia recibida. Somos parte de una historia viva, sostenida por tantas personas que supieron cuidar la vida, acompañar el dolor, sostener la esperanza y transmitir la fe, muchas veces sin reconocimiento ni aplausos. Hacer memoria de estos testigos no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de gratitud y una fuente de aliento para el presente.

Los invito, entonces, a que en cada comunidad podamos recordar sus nombres, compartir sus historias, rezar desde esa memoria agradecida y reconocer allí la acción del Espíritu que sigue obrando en medio de nosotros. Como signo sencillo y elocuente, podría ser valioso que, además de celebrarlos, algunas comunidades se animen a hacer visible esta memoria durante todo el año: por ejemplo, mediante una fotografía ampliada, o un espacio dedicado en el templo o en el edificio parroquial, donde figuren los rostros y los nombres de nuestros queridos testigos de la fe, acompañados de una breve inscripción que exprese esta gratitud compartida en el marco del Año Jubilar diocesano. Estos hombres y mujeres son el rostro más luminoso del mosaico que compone nuestra Iglesia que peregrina en Avellaneda-Lanús. Que este gesto nos ayude a fortalecer el sentido de pertenencia, a reavivar la esperanza y a renovar nuestro compromiso de ser hoy, también nosotros, testigos del Evangelio para los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Profundizar un estilo sinodal de Iglesia
El tercer gesto que quisiera proponerles es profundizar nuestro modo de caminar juntos, renovando un estilo de Iglesia que escucha, discierne y decide en comunidad. Vivimos este Año Jubilar mientras toda la Iglesia transita el tiempo de la recepción local del Documento Final del Sínodo sobre la sinodalidad[3]. No se trata de un proceso paralelo ni añadido a nuestra vida pastoral, sino de una invitación concreta a revisar cómo participamos, cómo nos escuchamos y cómo buscamos juntos la voluntad de Dios en la realidad cotidiana de nuestras comunidades. En este marco, hemos ofrecido espacios de formación en lo que el Sínodo ha llamado la "conversación en el Espíritu", una práctica sencilla y exigente a la vez, que invito a fomentar y ejercitar en todas las comunidades. Si aún no lo han hecho, este tiempo jubilar puede ser una ocasión propicia para iniciarse o profundizar en esta forma de diálogo espiritual y discernimiento comunitario.

En esta misma línea, en las Orientaciones Pastorales para nuestra Iglesia en camino[4], presentadas en Pentecostés de 2023, les propuse fortalecer los espacios de corresponsabilidad, alentando la conformación de los organismos de comunión en cada comunidad -el consejo pastoral y el consejo de asuntos económicos-, no como estructuras formales ni meramente administrativas, sino como expresiones concretas del deseo de caminar juntos: compartir la Palabra, discernir los desafíos, asumir responsabilidades y cuidar los vínculos. Al comenzar este Año Jubilar, siento la necesidad de retomar con claridad y firmeza este pedido. Soy consciente -por las visitas pastorales y por la escucha atenta de muchos miembros de nuestras comunidades- de que en no pocos lugares esta invitación aún no ha encontrado la acogida esperada. Sin desconocer las dificultades, ni las distintas realidades, este dato nos interpela y nos llama a revisar con honestidad nuestros modos de animar, de participar y de asumir la corresponsabilidad eclesial.

La sinodalidad no es una consigna ni un método pasajero, sino un estilo evangélico: aprender a escucharnos con respeto, valorar cada voz y reconocer que el Espíritu habla también a través de la vida concreta de nuestro pueblo. Por eso los invito a aprovechar la Cuaresma y todo este tiempo jubilar para fortalecer los ámbitos de encuentro, animarnos a un diálogo sincero -especialmente mediante la práctica de la conversación en el Espíritu- y discernir juntos los pasos a dar.

Agradezco de manera especial al equipo diocesano que ha animado los procesos sinodales en estos años y que, renovado, continuará acompañando este camino. Con la mirada puesta en Pentecostés de 2026, cuando renovemos las Orientaciones Pastorales para un nuevo trienio, deseo que podamos avanzar con mayor decisión en una recepción pastoral y comunitaria del camino sinodal que el Espíritu sigue abriendo para nuestra Iglesia de Avellaneda-Lanús.

Renovar la alianza: volver al centro
Al proponer estos gestos -purificar la memoria para sanar la comunión, hacer memoria agradecida de los testigos de la fe y profundizar un estilo sinodal de Iglesia- queremos volver al centro de nuestra vida creyente: la alianza que Dios ha sellado con su pueblo.

Hay un texto que quisiera proponerles para el primer tiempo de este año: la visión de los huesos secos (Ez 37). En ella, el profeta Ezequiel, como testigo en medio de su pueblo, logra ver con crudeza pero realismo la situación que están viviendo. Los huesos son el signo de un pueblo cansado, dividido y sin certezas sobre el futuro. Sin embargo, al mismo tiempo, le toca ser profeta de esperanza: Dios le manda invocar al "Espíritu de los cuatro vientos" para que sople y dé vida sobre esos huesos, es decir, sobre todo el pueblo. También hoy el Señor nos necesita testigos y profetas. Y el Espíritu sopla en nuestras fragilidades, en nuestras divisiones y en nuestros cansancios, para decirnos que todavía hay futuro y que su pueblo puede volver a ponerse de pie.

También nosotros somos convocados en esta Cuaresma a dejarnos recrear por el Señor, a volver al primer amor y a reordenar la vida personal y comunitaria desde el Evangelio. Renovar la alianza es permitir que Dios sane lo que está herido, fortalezca lo que está débil y renueve la esperanza que a veces se apaga. Es volver a ponernos en camino, no como individuos aislados, sino como un pueblo reconciliado que aprende a escucharse, a acompañarse y a sostenerse.

Recordar a los testigos que nos dieron vida, animarnos a recrear hoy el Evangelio en cada realidad concreta y discernir en comunión los pasos a dar es, en definitiva, una misma respuesta al Espíritu que sigue haciendo nuevas todas las cosas. Que este tiempo de Cuaresma y este Año Jubilar nos encuentren así: enraizados en la memoria, abiertos a la novedad y dispuestos a caminar juntos como Iglesia peregrina en Avellaneda-Lanús. Con la protección de Nuestra Señora de la Asunción y de Santa Teresa de Jesús, pongámonos en marcha: Renovando la alianza, caminamos juntos.

Permaneciendo unidos en la oración, los acompaño con mi bendición.

Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni, obispo de Avellaneda-Lanús
Avellaneda-Lanús, 11 de febrero de 2026.

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Notas:
[1] Papa León XIV; Celebración eucarística con motivo del inicio del ministerio petrino; 18/5/2025.
[2] Ibíd.
[3] Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP-Documento-finale.pdf
[4] Orientaciones pastorales para nuestra Iglesia en camino: https://aica.org/documento.php?id=1202

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar
Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia»[1].

Ayunar
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos "hambre" y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los "apetitos", para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos»[2]. El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios»[3]. En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana»[4].

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos
Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

León XIV PP.

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Notas:
[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.
[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.
[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).
[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).

Queridos hermanas y hermanos:

Con la memoria reciente de la experiencia vivida en el Jubileo de la Esperanza, y con la orientación de las nuevas líneas pastorales, nos disponemos a iniciar el tiempo de cuaresma y la celebración de la Pascua. Es el tiempo más intenso del año porque renovamos nuestra fe en Cristo, muerto y resucitado. Basta recordar las palabras del apóstol Pablo, para reafirmar la centralidad de esta celebración: ?Si no creemos que Cristo resucitó, vana es nuestra fe? (1 Cor 15,14). La pascua de Jesús, motivo de nuestra alegría, es garantía de nuestra salvación e impulso de nuestra misión.

En el camino diocesano que venimos recorriendo, y en el marco de la propuesta sinodal de toda la Iglesia, el Espíritu Santo nos iluminó con cuatro líneas Pastorales, que orientan  nuestro camino personal y diocesano en los próximos tiempos. La tercera de ellas, ?Alimentar una espiritualidad pascual?, es principio y fundamento, es la clave de lectura y aplicación de las líneas pastorales. Si vivimos la experiencia del resucitado, entonces como discípulos tenemos que formarnos, caminar juntos y salir al encuentro de los otros. Por eso, les propongo profundizar en esta cuestión central: de la pascua brota nuestra identidad como Pueblo Santo de Dios.

Leemos en el Documento Final del Sínodo: ?El bautismo es el fundamento de la vida cristiana, porque introduce a todos al don más grande: ser hijos de Dios? (DFS 21), en tanto que ?el sacramento de la confirmación enriquece la vida de los creyentes con una particular efusión del Espíritu con miras al testimonio? (DFS 25). La celebración de la Eucaristía, especialmente el domingo, es la primera y fundamental forma en la que el Pueblo Santo de Dios se encuentra y hace memoria viva de la Pascua de Cristo (cf. DFS 26). Así, Dios nos sumerge en la Pascua de su Hijo, por medio de estos sacramentos que configuran nuestra condición de discípulos misioneros. Conviene aquí vincular el verbo ?alimentar?, de la formulación de la tercera línea pastoral con el banquete eucarístico, memorial de la Pascua.

Como invitación general para vivir esta cuaresma, les propongo seguir y renovar en nosotros está dinámica sacramental, con todo lo que ella implica. Durante la cuaresma detenernos más en el bautismo. En el tiempo pascual, en la Eucaristía y la Confirmación, vinculada a Pentecostés, plenitud de la Pascua, para afirmarnos en el itinerario que nos señalan las demás líneas pastoral.

1. Algunas sugerencias concretas
Inspirándome en el ritual del catecumenado para adultos, les sugiero retomar algunos signos que nos vayan disponiendo a la renovación del bautismo en la pascua. Allí encontramos un camino para hacer memoria de lo más grande que hemos recibido. Desde esta propuesta, inspirada en la primera iglesia, los invito a ser creativos, laicos y sacerdotes, buscando formas para que cada fiel pueda reconocer el don recibido. Por ejemplo, pedir a la gente que busque la foto de su bautismo, o el testimonio de quienes nos acompañaron ese día, visitar la iglesia donde fuimos bautizados o visitar a nuestros padrinos. Estoy seguro que estas simples sugerencias harán germinar en su imaginación muchas otras cosas que se pueden hacer en cada parroquia, en movimientos y asociaciones, durante la cuaresma.

La Eucaristía y la Confirmación pienso que pueden ponerse de relieve en el tiempo pascual. Las primeras semanas se lee en la liturgia el discurso del pan de vida de Jn 6. No sería impensable organizar algunas catequesis sobre la eucaristía, o trabajar estas cosas con los chicos que se preparan a la primera comunión. La confirmación, en tanto, la dejaría para el final del tiempo pascual, en los días cercanos a Pentecostés, donde podrían tener especial protagonismo quienes están haciendo el camino para ser confirmados. También se podría retomar, durante el año, la carta ?Dies Domini?, de San Juan Pablo segundo, sobre la importancia de la misa dominical, como Pascua de la semana.

Estas sugerencias las hago a modo de orientación, dejando a consideración y a las posibilidades de cada comunidad hacerlas y como hacerlas. La intención de fondo es optimizar el vínculo de la pastoral con la liturgia y comenzar a descubrir la interrelación entre las líneas pastorales. Además, estoy seguro que de las mismas comunidades pueden salir propuestas valiosas e inculturadas a cada comunidad, utilizando símbolos como el agua bendita, la luz y otros tantos de la piedad popular.

2. Práctica de la misericordia
Todo estos acentos catequéticos y litúrgicos debieran ir acompañados por una atenta y discreta vivencia de la misericordia con los más necesitados. Hay eventos organizados ya desde hace tiempo en la Diócesis, como la colecta del uno por ciento. Esta colecta tiene un profundo sentido cuaresmal. Consiste en privarnos de alguna cosa superflua, o aún necesaria, para destinarla a los pobres.

Con claridad el Papa León nos decía que la opción por los pobres en la Iglesia es permanente, porque fue la opción de Jesucristo (DT 16ss). La caridad nos permite contemplar el rostro sufriente de Cristo en el enfermo, anciano, deprimido, desesperado, hambriento, preso, cautivo de adicciones al alcohol, las drogas, el juego?

Todo esto con una actitud de alegría, auténtica, pero no forzada. Una alegría que nos sorprenda por un renovado encuentro con Cristo, y con los hermanos. Una alegría verdadera, permanente, que nos alcanza cuando nos envuelve el misterio de la Pascua.

Que por la intercesión de San Francisco de Asís, de quien celebramos el octavo centenario de su muerte, y de María Santísima, podamos vivir una santa cuaresma, para llegar bien dispuestos a la siempre nueva y renovadora solemnidad de la Pascua.

Sede Episcopal de Reconquista, 18 de febrero de 2026, Miércoles de Cenizas.
Mons. Ángel José Macín, obispo de Reconquista

En estos días se debate en el Congreso de la Nación una iniciativa que aspira a modificar las leyes laborales vigentes en nuestro país. Consideramos que se trata de un debate necesario, que toda la sociedad debe asumir frente a las nuevas modalidades de trabajo que impactan en la vida de cada familia -en gran medida impulsadas por el avance de la tecnología-. Del mismo modo, no pueden ignorarse las realidades que requieren una legislación urgente, como el alto porcentaje de trabajadores que se desempeñan en la informalidad y en los márgenes de las actividades económicas.

La Doctrina Social de la Iglesia se ha pronunciado de manera contundente a lo largo de la historia sobre esta cuestión, considerando el trabajo humano como un derecho fundamental, una necesidad y un medio de realización personal y comunitaria. En ella se afirma la primacía de la dignidad de la persona, el sostenimiento de la familia a través del trabajo y la prioridad del trabajo sobre el capital, en orden al bien común, la justicia social, el salario justo y la sostenibilidad ambiental.

El documento magisterial que aborda con mayor profundidad el tema es la encíclica Laborem exercens (1981)[1], publicada por san Juan Pablo II, quien presenta el trabajo como un derecho natural del hombre, una vocación y el fundamento sobre el cual se edifica la vida familiar, destacando su valor antropológico y su prioridad sobre el capital. Posteriormente, la encíclica Centesimus annus[2] (1991) profundiza en la realidad de la empresa desde una perspectiva moral, aportando nuevos elementos de discernimiento.

En el mismo sentido, Benedicto XVI subrayó: ?Un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de la comunidad; un trabajo que de este modo haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación? (Caritas in veritate, 2009)?[3]

Por su parte, el papa Francisco ha reiterado estos principios, considerando el trabajo como un pilar fundamental de la dignidad humana, no sólo como medio de sustento, sino como camino de realización personal, desarrollo de capacidades y colaboración con el proyecto de Dios. Ha defendido incansablemente el trabajo digno, seguro y justamente remunerado, destacando que las personas -y no las máquinas- son el verdadero valor del trabajo.

Recogiendo este llamado permanente a la reflexión que la Iglesia ha hecho y continúa haciendo, como Pastoral Social de la Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz entendemos que una eventual reforma laboral requiere un debate amplio, que no puede resolverse desde una única mirada ni llevarse adelante de manera apresurada, respondiendo a intereses que se antepongan a la dignidad de las personas y a la construcción del bien común. Es necesario un análisis sincero de la situación de las y los trabajadores del país, una convocatoria abierta con escucha atenta a cada sector, un diálogo fraterno orientado al consenso y la toma de decisiones responsables con el presente y el futuro.

Nos encomendamos a la Virgen de Luján, patrona de la Argentina, para que nos acompañe y guíe con su maternal cuidado. ¡Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos!

Santa Fe de la Vera Cruz, 11 de febrero de 2026
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Notas:
[1] https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091981_laborem-exercens.html
[2] https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html
[3] https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la celebración de los XXV Juegos Olímpicos Invernales, que se realizarán entre Milán y Cortina d'Ampezzo del 6 al 22 de febrero próximo, y de los XIV Juegos Paralímpicos, que tendrán lugar en las mismas localidades, del 6 al 15 de marzo, deseo dirigir un saludo y los mejores deseos a cuantos están directamente implicados y, al mismo tiempo, aprovechar la oportunidad para proponer una reflexión destinada a todos. La práctica deportiva, lo sabemos, puede tener una naturaleza profesional, de altísima especialización; en esta forma corresponde a la vocación de pocos, aun suscitando admiración y entusiasmo en el corazón de tantos, que vibran al ritmo de las victorias o de las derrotas de los atletas. Pero el ejercicio del deporte es una actividad común, abierta a todos y saludable para el cuerpo y para el espíritu, hasta el grado de constituir una expresión universal de lo humano.

Deporte y construcción de la paz
Con motivo de los anteriores Juegos Olímpicos, mis predecesores han subrayado cómo el deporte puede tener un rol importante para el bien de la humanidad, en particular para la promoción de la paz. Por ejemplo, san Juan Pablo II, dirigiéndose a los jóvenes atletas provenientes de todo el mundo en 1984, citó la Carta olímpica[1], que considera el deporte como un factor que requiere «un espíritu de mejor comprensión mutua y amistad, contribuyendo así a construir un mundo mejor y más pacífico». Él animó a los participantes con estas palabras: «Hagan que sus encuentros sean un signo emblemático para toda la sociedad y un preludio de esa nueva era, en la cual "no levantará la espada una nación contra otra" (Is 2,4)»[2].

En esta línea se sitúa la Tregua olímpica, que en la antigua Grecia era un acuerdo dirigido a suspender las hostilidades antes, durante y después de los Juegos Olímpicos, para que los atletas y los espectadores pudieran viajar libremente y las competiciones pudieran realizarse sin interrupciones. La institución de la Tregua surge de la convicción de que la participación en competiciones reglamentadas (agones) constituye un camino individual y colectivo hacia la virtud y la excelencia (aretë). Cuando el deporte se practica en este espíritu y en estas condiciones, se promueve la maduración de la cohesión comunitaria y del bien común.

La guerra, por el contrario, nace de la radicalización del desacuerdo y del rechazo de cooperar los unos con los otros. El adversario es entonces considerado como un enemigo mortal, a quien hay que aislar y, si es posible, eliminar. Las trágicas evidencias de esta cultura de muerte están ante nuestros ojos -vidas truncadas, sueños destrozados, traumas de los supervivientes, ciudades destruidas- como si la convivencia humana se redujera superficialmente al escenario de un videojuego. Pero esto no debe hacernos olvidar nunca que la agresividad, la violencia y la guerra son siempre «una derrota de la humanidad»[3].

Acertadamente, la Tregua olímpica ha sido propuesta de nuevo en tiempos recientes por el Comité Olímpico Internacional y la Asamblea General de las Naciones Unidas. En un mundo sediento de paz, necesitamos instrumentos que pongan «fin a la prepotencia, a la exhibición de la fuerza y al desinterés por el derecho»[4]. Aliento vivamente a todas las naciones, con ocasión de los próximos Juegos Olímpicos y Paralímpicos invernales, a redescubrir y respetar este instrumento de esperanza que es la Tregua olímpica, símbolo y profecía de un mundo reconciliado.

El valor formativo del deporte
«Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Estas palabras de Jesús nos ayudan a comprender el interés de la Iglesia por el deporte y el modo en el que el cristiano se acerca a él. Jesús puso siempre a las personas en el centro, se ocupó de ellas, deseando para cada una la plenitud de la vida. Por eso, como afirmó san Juan Pablo II, la persona humana «es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión»[5]. La persona, por tanto, según la visión cristiana, debe permanecer siempre en el centro del deporte en todas sus expresiones, incluso en las de excelencia agonística y profesional.

A la luz de esto, en los escritos de san Pablo, conocido como el Apóstol de las gentes, podemos encontrar una sólida base de dicha conciencia. En el tiempo en el que él escribía, los griegos ya poseían desde hacía mucho tiempo tradiciones atléticas. Por ejemplo, la ciudad de Corinto patrocinaba los juegos ístmicos cada dos años desde el siglo VI a.C; por ello, escribiendo a los corintios, Pablo recurrió a imágenes deportivas para introducirlos en la vida cristiana: «¿No saben que -escribe- en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible» (1 Co 9,24-25).

Siguiendo la tradición paulina, muchos autores cristianos utilizaron imágenes atléticas como metáforas para describir las dinámicas de la vida espiritual; y esto, hasta hoy, nos hace reflexionar sobre la profunda unidad entre las diferentes dimensiones del ser humano. Si bien no faltan, en épocas pasadas, escritos cristianos -influenciados por filosofías dualistas- que tienen una visión más bien negativa del cuerpo, el hilo conductor de la teología cristiana ha subrayado la bondad del mundo material afirmando que la persona es unidad de cuerpo, alma y espíritu. En efecto, los teólogos de la antigüedad y del medioevo refutaron con fuerza las doctrinas gnósticas y maniqueas, precisamente porque consideraban el mundo material y el cuerpo humano como intrínsecamente malos. Según estás concepciones, el fin de la vida espiritual consistiría en liberarse del mundo y del cuerpo. Por el contrario, los teólogos cristianos apelaron a las convicciones fundamentales de la fe: la bondad del mundo creado por Dios, el hecho de que el Verbo se hizo carne y la resurrección de la persona en su armonía entre cuerpo y alma.

Esta comprensión positiva de la realidad física favoreció el desarrollo de una cultura en la que el cuerpo, unido al espíritu, estuviera plenamente involucrado en las prácticas religiosas: en las peregrinaciones, las procesiones, los dramas sacros, los sacramentos y la oración que hace uso de imágenes, estatuas y varias formas de representación.

Con la consolidación del cristianismo en el Imperio Romano, los espectáculos deportivos típicos de la cultura romana -en particular los combates entre gladiadores- iniciaron progresivamente a perder relevancia social. Sin embargo, la edad media estuvo marcada por la aparición de nuevas formas de práctica deportiva, como los torneos caballerescos, en los que la Iglesia concentró su atención ética, contribuyendo también a reinterpretarlos en clave cristiana, como lo testimonia la predicación del abad san Bernardo de Claraval.

En el mismo periodo, la Iglesia reconoció el valor formativo del deporte, gracias también al aporte de figuras como Hugo de San Víctor y santo Tomás de Aquino. Hugo, en su obra Didascalicon, destacó la importancia de las actividades gimnásticas en el currículo de los estudios, ayudando a configurar el sistema educativo medieval[6].

La reflexión de santo Tomás de Aquino sobre el juego y el ejercicio físico ponía en primer plano la "moderación" como trato fundamental de una vida virtuosa. Según Tomás, esta última no se refiere sólo al trabajo o a las ocupaciones consideradas serias, sino que necesita también tiempo para el juego y el descanso. Escribe el Aquinate: «está la autoridad de San Agustín, quien dice [...]: Quiero que seas indulgente contigo mismo, porque conviene que el sabio relaje de vez en vez el rigor de su aplicación a las cosas que debe hacer. Ahora bien: esta relajación del ánimo respecto de las cosas que deben hacerse se realiza mediante palabras y acciones de recreo. Luego conviene que el sabio y el virtuoso recurran a ellas alguna vez»[7]. Tomás reconoce que las personas juegan porque el juego es fuente de placer y, por tanto, lo practican por sí mismo. Respondiendo a una objeción según la cual un acto virtuoso debe ser dirigido a un fin, él observa que «las acciones lúdicas no se ordenan a ningún fin extrínseco, sino que se ordenan al bien del que juega, porque le son agradables o le proporcionan descanso»[8]. Esta "ética del juego" elaborada por Tomás de Aquino ejercitó una notable influencia en la predicación y en la educación.

El deporte, escuela de vida y areópago contemporáneo
Se situaba en esta larga tradición al humanista Michel de Montaigne cuando, en un ensayo sobre la educación, escribía: «No se educa a un alma, ni se educa a un cuerpo; se educa a un hombre: no hay que dividirlo en dos»[9]. Este es el motivo que él aduce para justificar la inserción de la educación física y del deporte en la jornada escolar. Estos principios fueron aplicados en las escuelas de los jesuitas, avalados por los escritos de san Ignacio de Loyola, en particular por las Constituciones de la Compañía de Jesús y la Ratio Studiorum[10].

En ese contexto se incorporan también las obras de grandes educadores, desde san Felipe Neri a san Juan Bosco. Este último, por medio de la promoción de los oratorios, estableció un puente privilegiado entre la Iglesia y las nuevas generaciones, haciendo también del deporte un espacio de evangelización[11]. En esta línea, se puede recordar también la encíclica Rerum novarum (1891) de León XIII, que estimuló el surgimiento de numerosas asociaciones deportivas católicas, respondiendo así, en el plano pastoral, a las cambiantes exigencias de la vida moderna -piénsese en las condiciones de los trabajadores después de la revolución industrial- y a las nuevas costumbres emergentes[12].

Entre los siglos XIX y XX, el fenómeno deportivo se volvió colectivo. Además, nacieron los Juegos Olímpicos de la era moderna (1896). Laicos y pastores dedicaron una mirada más atenta y sistemática a esa realidad. A partir del pontificado de san Pío X (1903-1914), se registra un creciente interés por el deporte, testimoniado por numerosas declaraciones pontificias. En ellas, la Iglesia católica, por medio de la voz de los Papas, propuso una visión del deporte centrada en la dignidad de la persona humana, en su desarrollo integral, en su educación y en su relación con los demás, evidenciando su valor universal como instrumento de promoción de valores tales como la fraternidad, la solidaridad y la paz. Emblemática es la pregunta planteada por el venerable Pío XII en un discurso dirigido a los atletas italianos en 1945: «¿Cómo podría la Iglesia no interesarse [en el deporte]?»[13].

El Concilio Vaticano II expresó su valoración positiva del deporte en el ámbito más amplio de la cultura, recomendando que se empleen «los descansos oportunamente para distracción del ánimo y para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo, [...] con ejercicios y manifestaciones deportivas, que ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas»[14]. Gracias a la lectura de los signos de los tiempos, ha crecido, por tanto, la conciencia eclesial de la importancia de la práctica deportiva. El Concilio representó un florecimiento en este campo; se desarrolló la reflexión sobre el deporte en relación a la vida de fe y una multiplicidad de experiencias pastorales en ámbito deportivo han revelado en los decenios sucesivos su fuerza generativa. También los Dicasterios de la Santa Sede han promovido válidas iniciativas en diálogo con este ámbito humano[15].

Muy significativos han sido dos Jubileos del Deporte celebrados por san Juan Pablo II: el primero el 12 de abril de 1984, en el Año de la Redención; el segundo el 29 de octubre de 2000, en el Estadio Olímpico de Roma. En esta misma línea se ha situado el Jubileo del 2025, que ha relanzado de manera explícita el valor cultural, educativo y simbólico del deporte como lenguaje humano universal de encuentro y de esperanza. Esta perspectiva impulsó la decisión de acoger en el Vaticano el Giro de Italia, la gran competición ciclística que, además de ser un evento deportivo, es también un relato popular capaz de atravesar territorios, generaciones y diferencias sociales, y de hablar al corazón de la comunidad humana en camino.

Más allá de los lugares de más antigua tradición cristiana, parece evidente que el deporte esté ampliamente presente en las culturas de las que tenemos testimonio. Incluso aquellas tradicionalmente orales han dejado rastros de campos de juego, instrumentos atléticos, además de imágenes o esculturas ligadas a sus prácticas deportivas. Hay, por tanto, mucho que aprender también de las tradiciones deportivas de las culturas indígenas, de los países africanos y asiáticos, de las Américas y de otras regiones del mundo.

Todavía hoy, el deporte sigue desempeñando un rol significativo en la mayor parte de las culturas. Ofrece un espacio privilegiado de relación y de diálogo con nuestros hermanos y hermanas pertenecientes a otras tradiciones religiosas, así como con quienes no se reconocen en ninguna de ellas.

Deporte y desarrollo de la persona
Algunos estudiosos de las ciencias sociales pueden ayudarnos a comprender mejor el significado humano y cultural del deporte y, por consiguiente, su significado espiritual. Un ejemplo relevante está representado por las investigaciones sobre la llamada flowexperience (o "flujo") en el deporte y en otros ámbitos de la cultura[16]. Dicha experiencia se verifica generalmente entre personas comprometidas en una actividad que requiere concentración y habilidad, cuando el nivel de desafío corresponde o es levemente superior al nivel ya adquirido. Pensemos, por ejemplo, en un intercambio prolongado en el tenis; el motivo por el cual esta es una de las partes más entretenidas de un partido es que cada jugador empuja al otro hasta el límite de su propio nivel de habilidad. La experiencia es estimulante y los dos jugadores se incitan mutuamente a mejorar; esto vale tanto para dos niños de diez años cuanto para dos campeones profesionales.

Numerosas investigaciones han reconocido que las personas no están motivadas sólo por el dinero o la fama, sino que pueden experimentar una alegría y recompensas intrínsecas en las actividades que realizan, es decir, llevándolas a cabo y apreciándolas por su propio valor. En particular, se ha observado que las personas experimentan alegría cuando se entregan plenamente a una actividad o a una relación y superan el lugar en el que se encontraban, con una especie de movimiento progresivo. Dichas dinámicas favorecen el crecimiento de la persona en su totalidad.

Durante una experiencia deportiva, además, a menudo la persona concentra completamente su atención en lo que está haciendo. Se verifica una fusión entre acción y conciencia, hasta el punto de que no queda espacio para una atención explícita dirigida hacia sí misma. En este sentido, la experiencia interrumpe la tendencia al egocentrismo. Al mismo tiempo, las personas describen un sentido de unión con lo que les rodea. En los deportes de equipo, esto suele vivirse como un vínculo o una unidad con los compañeros; el jugador ya no está replegado sobre sí mismo, porque forma parte de un grupo que tiende hacia un objetivo común. El Papa Francisco ha destacado varias veces este aspecto al animar a los jóvenes atletas a ser jugadores de equipo. Por ejemplo, ha dicho: «desarrollad el juego de equipo, de équipe. Pertenecer a una sociedad deportiva quiere decir rechazar toda forma de egoísmo y de aislamiento, es la ocasión para encontrarse y estar con los demás, para ayudarse mutuamente, para competir en la estima recíproca y crecer en la fraternidad»[17].

Cuando los deportes de equipo no están contaminados por el culto al lucro, los jóvenes "se ponen en juego" en relación a algo que para ellos es mucho más importante. Se trata de una oportunidad educativa formidable. No siempre es fácil reconocer las propias capacidades o comprender cómo estas puedan ser útiles al equipo. Además, trabajar junto a los coetáneos conlleva a veces la necesidad de afrontar conflictos y gestionar frustraciones y fracasos. También es necesario aprender a perdonar (cf. Mt 18,21-22). De ese modo, se forman las virtudes personales, cristianas y civiles fundamentales.

Los entrenadores desarrollan un rol fundamental en la creación de ambientes donde estas dinámicas puedan ser vividas, acompañando a los jugadores por medio de ellas. Dada la complejidad humana involucrada, es de gran ayuda cuando un entrenador está animado por valores espirituales. Hay muchos entrenadores de este tipo, tanto en las comunidades cristianas y en otras realidades educativas, como a nivel agonístico y de élite profesional. Ellos describen con frecuencia la cultura del equipo como basada en el amor, que respeta y sostiene a cada persona, alentándola a expresar lo mejor de sí para el bien del grupo. Cuando un joven forma parte de un equipo así, aprende algo esencial sobre lo que significa ser humano y crecer. En efecto, «sólo juntos nos convertimos auténticamente en nosotros mismos. Sólo en el amor se profundiza nuestra interioridad y se fortalece nuestra identidad»[18].

Ampliando aún más la mirada, es importante recordar que, precisamente porque el deporte es fuente de alegría y favorece el desarrollo personal y las relaciones sociales, debería ser accesible a todas las personas que desean practicarlo. En algunas sociedades que se consideran avanzadas, donde el deporte está organizado según el principio del "pagar para jugar", los niños provenientes de familias y comunidades más pobres no pueden permitirse las cuotas de participación y quedan excluidos. En otras sociedades, a las jóvenes y a las mujeres no se les permite practicar deportes. A veces, en la formación a la vida religiosa, especialmente femenina, persisten desconfianzas y temores hacia la actividad física y deportiva. Es necesario, por tanto, esforzarse para que el deporte sea accesible a todos. Esto es muy importante para la promoción de la persona. Me lo han confirmado los conmovedores testimonios de miembros del Equipo Olímpico de Refugiados, o de participantes en las Paralimpíadas, las Olimpíadas Especiales y la Copa Mundial de Fútbol Calle. Como hemos visto, los auténticos valores del deporte se abren naturalmente a la solidaridad y a la inclusión.

Los riesgos que ponen en peligro los valores deportivos
Después de haber considerado cómo el deporte contribuye al desarrollo de las personas y favorece el bien común, debemos ahora señalar las dinámicas que pueden comprometer dichos resultados. Esto sucede sobre todo por una forma de "corrupción" que está a la vista de todos. En muchas sociedades, el deporte está estrechamente vinculado con la economía y las finanzas. Es evidente que el dinero es necesario para sostener las actividades deportivas promovidas por las instituciones públicas, por otros organismos civiles e instituciones educativas, así como las instituciones privadas a nivel agonístico y profesional. Los problemas aparecen cuando el negocio se convierte en la motivación principal o exclusiva; entonces las decisiones ya no están movidas por la dignidad de las personas, ni por aquello que favorece al bien del atleta y a su desarrollo integral o al de la comunidad.

Cuando se busca maximizar las ganancias, se sobrevalora lo que puede ser medido o cuantificado, en detrimento de dimensiones humanas de importancia incalculable: "sólo cuenta lo que puede ser contado". Esta mentalidad invade el deporte cuando la atención se concentra obsesivamente en los resultados alcanzados y en las sumas de dinero que se pueden obtener de la victoria. En muchos casos, incluso a nivel aficionado, los imperativos y los valores del mercado han llegado a oscurecer otros valores humanos del deporte, que, en cambio, merecen ser custodiados.

El Papa Francisco ha llamado la atención sobre los efectos negativos que estas dinámicas pueden causar en los atletas, afirmando: «Cuando el deporte viene considerado únicamente en conformidad a los parámetros económicos o de persecución de la victoria a toda costa, se corre el peligro de reducir a los atletas a una mera mercancía lucrativa. Los mismos atletas entran en un mecanismo que los arrastra, pierden el verdadero sentido de su actividad, esa alegría de jugar que les atraía de niños y que les empujó a hacer tantos sacrificios para convertirse en campeones. El deporte es armonía, pero si prevalece una búsqueda desmedida del dinero y del éxito, esta armonía se interrumpe»[19].

También los atletas de alto nivel y profesionales, cuando el interés económico se vuelve el objetivo principal o exclusivo, corren el riesgo de concentrarse en sí mismos y en el rendimiento, debilitando la dimensión comunitaria del juego y traicionando su dimensión social y cívica. El deporte, en cambio, es una actividad que posee valores compartidos por todos aquellos que participan en él y es capaz de humanizar la convivencia, incluso en situaciones difíciles. Por el contrario, una atención desproporcionada al dinero concentra la mirada de manera explícita y reductiva sobre uno mismo. También en este caso es aplicable el dicho de Jesús: «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6,24).

Un peligro particular emerge cuando los beneficios económicos que derivan del éxito en el deporte son considerados más importantes que el valor intrínseco de la participación; la dictadura del rendimiento puede inducir al uso de sustancias dopantes y de otras formas de fraude, y puede conducir a los jugadores de deportes en equipo a concentrarse en su propio bienestar económico más que en la lealtad hacia su disciplina. Cuando los incentivos financieros se vuelven el único criterio, puede suceder que individuos y equipos dobleguen sus resultados a la corrupción y a la intromisión de la industria de los juegos de azar. Estas diversas formas de fraude no sólo corrompen las actividades deportivas en sí mismas, sino que contribuyen además a la desilusión del gran público y a socavar el aporte positivo del deporte a la sociedad en general.

Competición y cultura del encuentro
Ampliando la mirada a nivel de las competiciones deportivas, también estas pueden desarrollar un papel importante para favorecer la unidad entre las personas. Es interesante que la palabra competición deriva de dos raíces latinas: cum -"juntos"- y petere -"pedir". En una competición, por tanto, se puede decir que dos personas o dos equipos buscan juntos la excelencia. No son enemigos mortales. Y en el tiempo que precede o que sigue a la competición existe, por lo general, la oportunidad de encontrarse y conocerse.

Precisamente por eso la competición deportiva, cuando es auténtica, presupone un pacto ético compartido: la aceptación leal de las reglas y el respeto de la autenticidad del enfrentamiento. El rechazo del dopaje y de toda forma de corrupción, por ejemplo, es una cuestión no sólo disciplinar, sino que afecta al corazón mismo del deporte. Alterar artificialmente el rendimiento o comprar el resultado significa romper la dimensión del cum-petere, transformando la búsqueda común de la excelencia en una imposición individual o parcial.

El deporte verdadero, en cambio, educa a una relación serena con el límite y con la norma. El límite es un umbral para vivir; es lo que hace significativo el esfuerzo, inteligible el progreso y reconocible el mérito. La norma es la "gramática" compartida que hace posible el juego mismo. Sin reglas no hay competición ni encuentro, sino sólo caos o violencia. Aceptar los límites del propio cuerpo, del tiempo y del esfuerzo, y respetar las reglas comunes significa reconocer que los logros nacen de la disciplina, de la perseverancia y de la lealtad.

En este sentido, el deporte también ofrece una lección decisiva más allá del campo de juego; enseña que se puede aspirar al máximo sin negar la propia fragilidad, que se puede vencer sin humillar, que se puede perder sin quedar derrotados como personas. La justa competición protege así una dimensión profundamente humana y comunitaria; no separa, sino que pone en relación; no absolutiza el resultado, sino que valora el camino; no idolatra el rendimiento, sino que reconoce la dignidad del que juega.

La competición justa y la cultura del encuentro no conciernen sólo a los jugadores, sino también a los espectadores y a los simpatizantes. El sentido de pertenencia al propio equipo puede ser un elemento muy significativo de la identidad de muchos aficionados; ellos comparten las alegrías y frustraciones de sus héroes y hallan un sentido de comunidad con los otros seguidores. Esto es generalmente un factor positivo en la sociedad, fuente de rivalidad amistosa y de bromas jocosas, pero puede resultar problemático cuando se transforma en un modo de polarización que conduce a la violencia verbal y física. Entonces, de expresión de apoyo y participación, la afición se transforma en fanatismo; el estadio se vuelve un lugar de enfrentamiento más que de encuentro. Aquí el deporte no une, sino que divide; no educa, sino que deseduca, porque reduce la identidad personal a una pertenencia ciega y opositora. Esto es particularmente preocupante cuando la afición se vincula con otras formas de discriminación política, social y religiosa, y se utiliza indirectamente para expresar formas más profundas de resentimiento y odio.

Las competiciones internacionales, en particular, ofrecen una ocasión privilegiada para experimentar nuestra común humanidad en la riqueza de sus diversidades. En efecto, hay algo profundamente emotivo en las ceremonias de apertura y de clausura de los Juegos Olímpicos, cuando vemos a los atletas desfilar con las banderas nacionales y los trajes típicos de sus países. Experiencias como éstas pueden inspirarnos y recordarnos que estamos llamados a formar una única familia humana. Los valores promovidos por el deporte -como la lealtad, el compartir, la acogida, el diálogo y la confianza en los demás- son comunes a toda persona, independientemente de la procedencia étnica, la cultura y la religión[20].

Deporte, relación y discernimiento
El deporte nace como experiencia relacional; pone en contacto los cuerpos y, a través de los cuerpos, las historias, las diferencias y las pertenencias. Entrenar juntos, competir lealmente, compartir el esfuerzo y la alegría del juego favorece el encuentro y construye vínculos que superan barreras sociales, culturales y lingüísticas. En este sentido, el deporte es un poderoso facilitador de relaciones sociales que crea comunidad, educa al respeto de las reglas comunes y enseña que ningún resultado es fruto de un camino solitario. Sin embargo, precisamente porque moviliza pasiones profundas, el deporte lleva consigo también límites.

El significado educativo del deporte se revela de manera particular en la relación entre victoria y derrota. Vencer no es simplemente prevalecer, sino reconocer el valor del itinerario realizado, de la disciplina, del esfuerzo compartido. Perder, por su parte, no coincide con el fracaso de la persona, sino que puede convertirse en una escuela de verdad y de humildad. El deporte educa de ese modo a una comprensión más profunda de la vida, en la que el éxito nunca es definitivo y la caída nunca tiene la última palabra. Aceptar la derrota sin desesperación y la victoria sin arrogancia significa aprender a vivir la realidad con madurez, reconociendo los propios límites y las propias posibilidades.

No es extraño, además, que el deporte sea revestido de una función casi religiosa. Los estadios se perciben como catedrales laicas, los partidos son liturgias colectivas, los atletas como figuras salvíficas. Esta sacralización revela una auténtica necesidad de sentido y de comunión, pero corre el riesgo de vaciar tanto el deporte como la dimensión espiritual de la existencia. Cuando el deporte pretende sustituir a la religión, pierde su carácter de juego y de servicio a la vida, volviéndose absoluto, totalizante, incapaz de relativizarse a sí mismo.

En este contexto se inserta también el peligro del narcisismo, que atraviesa hoy toda la cultura deportiva. El atleta puede quedar fijado al espejo del propio cuerpo vigoroso, del propio éxito medido en visibilidad y aprobación. El culto a la imagen y al rendimiento, amplificado por las redes sociales y las plataformas digitales, amenaza con fragmentar a la persona, separando el cuerpo de la mente y del espíritu. Es urgente reafirmar un cuidado integral de la persona humana, en la que el bienestar físico no se separe del equilibrio interior, de la responsabilidad ética y de la apertura a los demás. Es necesario redescubrir las figuras que hayan unido pasión deportiva, sensibilidad social y santidad. Entre los numerosos ejemplos que podría mencionar, quiero recordar a san Pier Giorgio Frassati (1901-1925), joven turinés que unía perfectamente fe, oración, compromiso social y deporte. Pier Giorgio era un apasionado del alpinismo y organizaba con frecuencia excursiones con sus amigos. Ir a la montaña, sumergirse en esos escenarios majestuosos, le hacía contemplar la grandeza del Creador.

Otra distorsión se manifiesta en la instrumentalización política de las competiciones deportivas internacionales. Cuando el deporte se somete a lógicas de poder, de propaganda o de supremacía nacional, se traiciona su vocación universal. Las grandes manifestaciones deportivas deberían ser lugares de encuentro y de admiración recíproca, no escenarios para la afirmación de intereses políticos o ideológicos.

Los desafíos contemporáneos se intensifican ulteriormente con el impacto del transhumanismo y de la inteligencia artificial en el mundo del deporte. Las tecnologías aplicadas al rendimiento amenazan con introducir una separación artificial entre cuerpo y mente, transformando al atleta en un producto optimizado, controlado, potenciado más allá de los límites naturales. Cuando la técnica deja de estar al servicio de la persona y pretende redefinirla, el deporte pierde su dimensión humana y simbólica, convirtiéndose en un laboratorio de experimentación desencarnada.

En contraste con estas desviaciones, el deporte conserva una extraordinaria capacidad inclusiva. Practicado de manera adecuada, abre espacios de participación para personas de cualquier edad, condición social y habilidad, convirtiéndose en instrumento de integración y dignidad.

En esta perspectiva se sitúa la experiencia de Athletica Vaticana. Creada en el 2018 como equipo oficial de la Santa Sede y bajo la guía del Dicasterio para la Cultura y la Educación, da testimonio de cómo el deporte puede ser vivido también como servicio eclesial, sobre todo hacia los más pobres y los más frágiles. Aquí el deporte no es espectáculo, sino proximidad; no es selección, sino acompañamiento; no es competición exasperada, sino camino compartido.

Finalmente, es preciso interrogarse sobre la creciente asimilación del deporte con la lógica de los videojuegos. La "gamificación" extrema de la práctica deportiva, la reducción de la experiencia a puntuaciones, niveles y rendimiento repetibles, corre el riesgo de desanclar el deporte del cuerpo real y de la relación concreta. El juego, que es siempre riesgo, imprevisto y presencia, es sustituido por una simulación que promete control total y gratificación inmediata. Recuperar el valor auténtico del deporte significa, entonces, restituirle su dimensión encarnada, educativa y relacional, para que siga siendo una escuela de humanidad y no un mero dispositivo de consumo.

Una pastoral del deporte para la vida en abundancia
Una pastoral válida del deporte nace de la conciencia de que el deporte es uno de los lugares donde se forman imaginarios, se plasman estilos de vida y se educa a las jóvenes generaciones. Por eso es necesario que las Iglesias particulares reconozcan el deporte como espacio de discernimiento y acompañamiento, que merece un compromiso de orientación humano y espiritual. En esta perspectiva, resulta oportuno que en el seno de las Conferencias episcopales haya oficinas o comisiones dedicadas al deporte, donde elaborar y coordinar la propuesta pastoral, poniendo en diálogo las realidades deportivas, educativas y sociales presentes en los diferentes territorios. El deporte, de hecho, atraviesa parroquias, escuelas, universidades, oratorios, asociaciones y barrios; estimular una visión compartida permite evitar la fragmentación y valorizar las experiencias ya existentes.

A nivel local, el nombramiento de un responsable diocesano y la constitución de equipos pastorales para el deporte responde a la misma necesidad de proximidad y continuidad. El acompañamiento pastoral del deporte no se agota en momentos celebrativos, sino que se realiza a lo largo del tiempo, compartiendo los esfuerzos, las expectativas, las decepciones y las esperanzas de quienes viven a diario el campo, el gimnasio y la calle. Este acompañamiento se refiere tanto al fenómeno deportivo en su conjunto -con sus transformaciones culturales y económicas-, como a las personas concretas que lo conforman. La Iglesia está llamada a acercarse allí donde el deporte se vive como profesión, como competición de alto nivel, como oportunidad de éxito o de exposición mediática, pero teniendo especialmente en cuenta el deporte de base, a menudo marcado por la escasez de recursos, pero muy rico en relaciones.

Una buena pastoral del deporte puede contribuir significativamente a la reflexión sobre la ética deportiva. No se trata de imponer normas desde fuera, sino de iluminar desde dentro el sentido de la acción deportiva, mostrando cómo la búsqueda del resultado puede convivir con el respeto al otro, a las reglas y a sí mismo. En particular, la armonía entre el desarrollo físico y el desarrollo espiritual debe considerarse como dimensión constitutiva de una visión integral de la persona humana. El deporte se convierte así en un lugar donde aprender a cuidar de uno mismo sin idolatrarse, a superarse sin anularse, a competir sin perder la fraternidad.

Pensar y poner en práctica el deporte como herramienta comunitaria abierta e inclusiva es otra tarea decisiva. El deporte puede y debe ser un espacio acogedor, capaz de involucrar a personas de diferentes orígenes sociales, culturales y físicos. La alegría de estar juntos, que nace del juego compartido, del entrenamiento común y del apoyo mutuo, es una de las expresiones más sencillas y profundas de la humanidad reconciliada.

En este horizonte, los deportistas constituyen un modelo que debe ser reconocido y acompañado. Su experiencia cotidiana habla de ascetismo y sobriedad, de trabajo paciente sobre sí mismos, de equilibrio entre disciplina y libertad, de respeto por los ritmos del cuerpo y de la mente. Estas cualidades pueden iluminar toda la vida social. La vida espiritual, a su vez, ofrece a los deportistas una visión que va más allá del rendimiento y del resultado. Introduce el sentido del ejercicio como práctica que forma la interioridad. Ayuda a dar sentido al esfuerzo, a vivir la derrota sin desesperación y el éxito sin presunción, transformando el entrenamiento en disciplina de lo humano.

Todo esto encuentra su horizonte último en la promesa bíblica que da título a esta Carta: la vida en abundancia. No se trata de una acumulación de éxitos o logros, sino de una plenitud de vida que integra el cuerpo, las relaciones y la interioridad. Desde el punto de vista cultural, la vida en abundancia invita a liberar al deporte de lógicas reduccionistas que lo convierten en mero espectáculo o consumo. En clave pastoral, exhorta a la Iglesia a una presencia capaz de acompañar, discernir y generar esperanza. Así, el deporte puede llegar a ser verdaderamente una escuela de vida, en la que se aprende que la abundancia no nace de la victoria a cualquier precio, sino del compartir, del respeto y de la alegría de caminar juntos.

Vaticano, 6 de febrero de 2026
León PP. XIV

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Notas:
[1] Comité Olímpico Internacional, Olympic Charter 1984, Losanna 1983, 6.
[2] S. Juan Pablo II, Homilía en la Santa Misa por el Jubileo de los deportistas (12 abril 1984), 3.
[3] Id., Discurso al Cuerpo Diplomático (13 enero 2003), 4.
[4] Encuentro internacional por la paz. Religiones y culturas en diálogo (Roma, 28 octubre 2025).
[5] S. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 14.
[6] Cf. H. de San Víctor, Didascalicon, II, XXVII, Washington 1939, 44.
[7] Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 168, art. 2.
[8] Ibíd., I-II, q. 1, art. 6, ad 1.
[9] M. de Montaigne, Les Essais, I, 25, París 2007, 171.
[10] Cf. M. Kelly, I cattolici e lo sport. Una visione storica e teologica, en La Civiltà Cattolica, 2014, IV, 567-568.
[11] Cf. A. Stelitano - A. M. Dieguez - Q. Bortolato, I Papi e lo sport, Ciudad del Vaticano 2015.
[12] Cf. León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891), 36.
[13] Pío XII, Discurso a los atletas italianos (20 mayo 1945).
[14] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 61.
[15] Cf. Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, ?Dar lo mejor de uno mismo?. Documento sobre la perspectiva cristiana del deporte y la persona humana (1 junio 2018).
[16] Cf. M. Csikszentmihalyi, Beyond Boredom and Anxiety. The Experience of Play in Work and Games, San Francisco 1975.
[17] Francisco, Discurso a los participantes en el encuentro organizado por el Centro Deportivo Italiano (7 junio 2014).
[18] Encuentro con las autoridades, representantes de la sociedad civil y el Cuerpo diplomático (Ankara, Türkiye, 27 noviembre 2025).
[19] Francisco, Discurso a los Comités Olímpicos Europeos (23 noviembre 2013).
[20] Cf. Francisco, Discurso a los deportistas y a los organizadores del partido de fútbol por la paz (1 septiembre 2014).

Queridos jóvenes, les escribo esta carta como un modo de estar más cerca de ustedes. Quisiera decirles, antes que nada, que Dios los ama entrañablemente, que Dios los lleva en su corazón. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre y nuestro hermano, entregó su vida, derramó su sangre preciosa, por cada uno de ustedes, y nos enseñó a encontrar la felicidad, no en la soledad y el aislamiento, sino en la entrega a los demás y en la vida compartida con otros. La muerte en Él no tuvo la última palabra, sino que al tercer día resucitó, y nos resucitó a todos, para que podamos vivir en la luz, la alegría y la esperanza. Y nos dio su Espíritu para hacernos comunidad.

En octubre del año pasado, reunidos con muchos hermanos en la Asamblea del Pueblo de Dios en Dolores, los miramos a ustedes, y reconocimos que son un signo de esperanza para nuestra diócesis. Escuchamos la invitación del Señor a estar más cerca de ustedes, para ofrecerles espacios de encuentro y de atención, abriéndoles más las puertas de nuestras parroquias, capillas y colegios, saliendo a su encuentro para estar y acompañarlos donde ustedes están, para valorarlos y recibir de ustedes todo lo bello que tienen para dar y compartir. La Iglesia los necesita. Necesita su fuerza, su entusiasmo, su creatividad, su novedad, su alegría, su espontaneidad, su transparencia, sus sueños, su libertad, su inconformismo, sus ganas de cambiar este mundo.

Ante todo, los invito a que se animen a soñar y a soñar en grande. Los sueños nos mantienen vivos y alimentan nuestra esperanza. Son el motor que nos hacen levantarnos cada mañana. No dejen que nada ni nadie frustre sus sueños. Ustedes están llamados a cosas grandes, no se contenten con migajas, anímense a jugarse por entero, a no conformarse con pequeñeces. No resultará fácil. Las adversidades, tropiezos y fracasos estarán a la orden del día. Pero no se desanimen, ni dejen que nada apague ese fuego. Cuenten con Jesús. Cuenten con nosotros, los adultos, para ayudarlos en esta búsqueda para descubrir el sueño de Dios para cada uno de ustedes, esa vocación sagrada, esa misión única en el mundo, ese proyecto de vida.

No se dejen engañar por falsas promesas, por tantos atajos que se les quieren proponer para alcanzar la felicidad. Puras promesas nomás, ilusiones y fantasías. Ustedes los reconocen bien, son los mercaderes de la muerte que, a costa de su dinero, su tiempo, su atención, su salud, incluso su vida, les terminan por traer muerte y aislamiento, soledad y desencanto. La droga, el alcohol, las apuestas, la sexualidad desenfrenada sin amor, el suicidio y tantas cosas más son una ilusión que no cumplen lo que prometen. Ellos pretenden quitarnos la angustia y el sufrimiento, con espejitos de colores. Pero no lo hacen, sino que nos hunden más en la oscuridad, y junto a nosotros a nuestras familias y amigos. Frente a todo esto, elegimos transitar, más bien, otros senderos más sanos y humanos. El diálogo, la sana amistad, la familia, la fe, la comunidad, el servicio al que sufre, son caminos más lentos, pero más seguros, que no nos dejan vacíos, sino que nos van conduciendo a una plenitud, la que buscamos y necesitamos. En definitiva, los invito a descubrir en Jesús esa Vida capaz de saciar nuestra sed más profunda de sentido y de amor. 

Ustedes son luz. Ustedes son templos del Espíritu Santo, llevan un tesoro en su corazón, no pierdan de vista nunca esto. Sepan pedir ayuda. Busquen gente de bien que los quiera y los acompañe, que los anime a desplegar la belleza y la luz que los habita. Perdón por las veces que no supimos escucharlos o estar cerca. Perdón porque muchas veces no les hemos ofrecido espacios en nuestras comunidades. Perdón por la falta de compañía, por la falta de ejemplo, de testimonio, por desanimarlos con nuestras incoherencias, por no mostrarles lo bella que es la vida. Perdón por no presentarles más propuestas. Deseamos tomarlos más en serio. Ayúdennos a encontrar el camino. Necesitamos escucharlos, que nos puedan expresar en qué y cómo podemos ayudarlos, qué necesitan, qué esperan de nosotros. ¿Qué esperan de la Iglesia? ¿Qué Iglesia sueñan? ¿Qué podemos cambiar para hacerlos sentir más en casa, para comprenderlos mejor? ¿Qué les gustaría encontrar en nuestras capillas, colegios y parroquias?

En este tiempo de escucha, como diócesis de Chascomús, esperamos oír su voz. Queremos escucharlos, acompañarlos y responder a sus necesidades. Deseamos que nuestras comunidades sean espacio de acogida para ustedes, donde puedan preguntarse y responder por su sed más profunda. Todos necesitamos sentirnos parte de una comunidad, que nos reciba y acepte con nuestras riquezas y fragilidades. Necesitamos pertenecer y participar, dando nuestro aporte único y original, aquello que Dios soñó dejar en este mundo a través de cada uno. La Iglesia es su Casa y su Familia. Las puertas están abiertas para ustedes. Ustedes son la Iglesia.

Y en esto de ponernos a la escucha, quisiera recoger la voz de los jóvenes de las escuelas católicas de todo el país, reunidos meses atrás en el encuentro de Alas y Raíces. Estas palabras nos ayudan mucho para que nuestros colegios y parroquias sepan responder realmente a las necesidades que ustedes tienen. Por eso las transcribo a continuación:

1. Proclamamos el valor de la escucha. 
La escucha verdadera transforma. Nos abre, nos sana, nos afirma. Pedimos que nunca se pierda la capacidad de escucharnos con respeto y sin prejuicios. Cuando somos escuchados, encontramos sentido y esperanza. 

2. Proclamamos que la escuela nos importa. 
Queremos una escuela viva, humana, cercana, que nos prepare para la vida y no solo para exámenes. Deseamos una educación que toque nuestros corazones, nuestras preguntas, nuestras búsquedas. Anhelamos que la escuela favorezca el encuentro con un Cristo vivo, que nos ama y nos quiere felices. 

3. Proclamamos nuestro deseo de protagonismo. 
No queremos ser espectadores: queremos construir, aportar, proponer. Creemos que nuestra voz puede mejorar la escuela, renovar la educación del país, especialmente escuchando con audacia el clamor que nace de la tierra y de los pobres. 

4. Proclamamos que ninguna desigualdad debe naturalizarse. 
Vemos diferencias que duelen y que marcan caminos desiguales. Creemos que la educación puede ser puente, abrazo, reparación y transformación. 

5. Proclamamos que necesitamos acompañamiento cercano. 
La salud mental y emocional, nuestras dudas vocacionales, nuestras heridas y presiones necesitan espacios de contención. Acompañarnos es también educar. 

6. Proclamamos la fuerza de la esperanza. 
Somos una generación que no se resigna. Creemos en el futuro, en el país, en la familia, en la escuela y en la comunidad que nos acompaña. Y creemos que juntos podemos sembrar algo nuevo, reconociendo que Jesús es la verdad, el camino y la vida. 

7. Proclamamos que somos una constelación. 
Cada escuela, cada diócesis, es una estrella. Solos brillamos un poco, juntos iluminamos caminos. Pedimos seguir construyendo puentes, compartiendo la vida y caminando bajo un mismo cielo. 

Para terminar, quisiera invitarlos a mirar a un joven, San Carlo Acutis, que supo vivir con sentido. Él decía: Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias. Él vivió su amistad con Jesús, a través de la Eucaristía, que la entendía como su autopista hacia el cielo. Su cercanía con la Virgen, lo hacía rezar cada día el Rosario y sentirla como la mujer de su vida. Carlo consideraba que la felicidad consistía en levantar la vista hacia Dios y la tristeza en dirigir la mirada hacia uno mismo. Por eso, mirando a San Carlo Acutis, les recomiendo estos tres pilares para sostener sus vidas: la oración, la comunidad y la misión. Ellos mantendrán su fuego interior y darán un sabor especial y único a sus vidas. Dios los bendiga y la Virgen los cuide. Con inmenso cariño,

+ Padre Juan Ignacio Liébana, obispo de Chascomús
2 de febrero 2026 - Fiesta de la Presentación del Señor y de la Virgen de la Candelaria

Queridos hermanos y hermanas:

El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro. Los antigüos lo sabían bien. Así, para definir a la persona humana, los antiguos griegos utilizaron la palabra "rostro? (prósopon), que etimológicamente indica aquello que está a la vista, el lugar de la presencia y de la relación. El término latino persona (de per-sonare) incluye en cambio el sonido; no un sonido cualquiera, sino la voz inconfundible de alguien.

El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a la vida con la Palabra que Él mismo nos ha dirigido. Palabra que resonó primero a través de los siglos en las voces de los profetas, y luego se hizo carne en la plenitud de los tiempos. Esta Palabra -esta comunicación que Dios hace de sí mismo- la hemos podido escuchar y verdirectamente (cf. 1 Jn 1,1-3), porque se dio a conocer en la voz y en el rostro de Jesús, Hijo de Dios.

Desde el momento de su creación, Dios ha querido al hombre como su interlocutor y, como dice san Gregorio de Nisa,[1] ha impreso en su rostro un reflejo del amor divino, para que pueda vivir plenamente la propia humanidad mediante el amor. Por tanto, custodiar rostros y voces humanas significa conservar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitabile que surge de la vida y que se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás. 

La tecnología digital, cuando se falla en su cuidado, se corre el riesgo de modificar radicalmente algunos de lospilares fundamentales de la civilización humana, que a veces damos por descontado. Simulando voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la comunicación, el de la relación entre las personas.

El desafío, por tanto, no es tecnológico sino antropológico. Custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos.Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos. 

No renunciar al pensamiento propio
Desde hace tiempo existen múltiples pruebas de que algoritmos proyectados para maximizar la implicación en las redes sociales -redituable para las plataformas- premian emociones rápidas y penalizan en cambio expresiones humanas que necesitan tiempo, como el esfuerzo por comprender y la reflexión. Encerrando grupos de personas en burbujas de fácil consenso y fácil indignación, estos algoritmos debilitan la capacidad de escucha y de pensamiento crítico y aumentan la polarización social.

A esto se sumó una confianza ingenuamente acrítica en la inteligencia artificial como "amiga" omnisciente, dispensadora de toda información, archivo de toda memoria, "oráculo" de todo consejo. Todo esto puede desgastar aún más nuestra capacidad de pensar de modo analítico y creativo, de comprender los significados, de distinguir entre sintaxis y semántica.

Aunque la IA puede proporcionar apoyo y asistencia en la gestión de tareas comunicativas, eludir el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y conformarnos con una recopilación estadística artificial, a la larga corre el riesgo de erosionar nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas.

En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial están asumiendo cada vez más el control de la producción de textos, música y vídeos. Gran parte de la industria creativa humana corre así el riesgo de ser desmantelada y sustituida por la etiqueta "Powered by AI", convirtiendo a las personas en meros consumidores pasivos de pensamientos no pensados, de productos anónimos, sin autoría, sin amor. Mientras que las obras maestras del genio humano en el campo de la música, el arte y la literatura se reducen a un mero campo de entrenamiento para las máquinas.

La cuestión que nos importa, sin embargo, no es en lo que logra o logrará hacer la máquina, sino qué podemos o podremos hacer nosotros, creciendo en humanidad y conocimiento, con un sabio uso de instrumentos tan poderosos a nuestro servicio. Desde siempre, el hombre se ha visto tentado a apropiarse del fruto del conocimiento sin el esfuerzo que supone el compromiso, la investigación y la responsabilidad personal. Sin embargo, renunciar al proceso creativo y ceder a las máquinas nuestras funciones mentales y nuestra imaginación significa enterrar los talentos que hemos recibido para crecer como personas en relación con Dios y con los demás. Significa ocultar nuestro rostro y silenciar nuestra voz.

Ser o fingir: simulación de las relaciones y de la realidad
A medida que nos desplazamos por nuestros flujos de información (feeds), cada vez es más difícil saber si estamos interactuando con otros seres humanos o con "bots" o "influencers" virtuales. Las intervenciones opacas de estos agentes automatizados influyen en los debates públicos y en las decisiones de las personas. En particular, los chatbots basados en grandes modelos lingüísticos (LLM), se están demostrando ser sorprendentemente eficaces en la persuasión oculta, mediante una optimización continua de la interacción personalizada. La estructura dialógica y adaptativa, mimética, de estos modelos lingüísticos es capaz de imitar los sentimientos humanos y simular así una relación. Esta antropomorfización, que puede resultar incluso divertida, es al mismo tiempo engañosa, sobre todo para las personas más vulnerables. Porque los chatbots excesivamente "afectuosos", además de estar siempre presentes y disponibles, pueden convertirse en arquitectos ocultos de nuestros estados emocionales y, de este modo, invadir y ocupar la esfera de la intimidad de las personas.

La tecnología que se aprovecha de nuestra necesidad de relacionarnos no solo puede tener consecuencias dolorosas para el destino de las personas, sino que también puede dañar el tejido social, cultural y político de las sociedades. Esto ocurre cuando sustituimos las relaciones con los demás por relaciones con IA entrenadas para catalogar nuestros pensamientos y, por lo tanto, para construir a nuestro alrededor un mundo de espejos, donde todo está hecho "a nuestra imagen y semejanza". De este modo, nos privamos de la posibilidad de encontrar al otro, que siempre es diferente a nosotros y con el que podemos y debemos aprender a relacionarnos. Sin la aceptación de la alteridad no puede haber ni relación ni amistad.

Otro gran desafío que plantean estos sistemas emergentes es el de la parcialidad (en inglés: bias), que lleva a adquirir y transmitir una percepción alterada de la realidad. Los modelos de la IA están moldeados por la visión del mundo de quienes los construyen y, a su vez, pueden imponer formas de pensar que replican los estereotipos y prejuicios presentes en los datos de los que se nutren. La falta de transparencia en el diseño de los algoritmos, junto con la representación social inadecuada de los datos, tiende a mantenernos atrapados en redes que manipulan nuestros pensamientos y perpetúan y profundizan las desigualdades y las injusticias sociales existentes.

El riesgo es grande. El poder de la simulación es tal que la inteligencia artificial también puede engañarnos con la fabricación de "realidades" paralelas, apropiándose de nuestros rostros y nuestras voces. Estamos inmersos en una multidimensionalidad, donde cada vez es más difícil distinguir la realidad de la ficción.

A esto se suma el problema de la falta de precisión. Los sistemas que hacen pasar una probabilidad estadística por conocimiento nos ofrecen, en realidad, como mucho, aproximaciones a la verdad, que a veces son auténticas "alucinaciones". La falta de verificación de las fuentes, junto con la crisis del periodismo de campo, que implica un trabajo continuo de recopilación y verificación de información en los lugares donde ocurren los acontecimientos, puede favorecer un terreno aún más fértil para la desinformación, provocando una creciente sensación de desconfianza, desconcierto e inseguridad.

Una posible alianza
Detrás de esta enorme fuerza invisible que nos involucra a todos, hay solo un puñado de empresas, aquellas cuyos fundadores han sido recientemente presentados como los creadores de la "persona del año 2025", es decir, los arquitectos de la inteligencia artificial. Esto suscita una importante preocupación por el control del oligopolio de los sistemas algorítmicos y de inteligencia artificial capaces de orientar sutilmente los comportamientos e incluso reescribir la historia de la humanidad -incluida la historia de la Iglesia- a menudo sin que nos demos cuenta realmente.

El desafío que nos espera no es el de detener la innovación digital sino el de guiarla, y en ser conscientes desu carácter ambivalente. Corresponde a cada uno de nosotros alzar la voz en defensa de las personas humanas para que estos instrumentos puedan realmente ser integrados por nosotros como aliados.

Esta alianza es posible, pero necesita fundamentarse en tres pilares: responsabilidad, cooperación y educación.

En primer lugar, la responsabilidad.Según las funciones, esta puede traducirse en honestidad, transparencia, valentía, capacidad de visión, deber de compartir conocimientos, derecho a estar informado. Pero, en general, nadie puede eludir su responsabilidad ante el futuro que estamos construyendo.

Para quienes están en la cúspide de las plataformas online esto significa asegurarse de que las propias estrategias empresariales no estén guiadas por el único criterio del máximo beneficio, sino también por una visión de futuro que tenga en cuenta el bien común del mismo modo que cada uno de ellos se preocupa por el bienestar de sus hijos.

A los creadores y programadores de modelos de la IA se les pide transparencia y responsabilidad social respecto a los principios de planificación y a los sistemas de moderación que están en la base de sus algoritmos y de los modelos diseñados con el fin de favorecer un consentimiento informado por parte de los usuarios.

La misma responsabilidad se exige también a los legisladores nacionales y a las entidades reguladoras supranacionales, a quienes compete vigilar sobre el respeto de la dignidad humana. Una reglamentación adecuada puede proteger a las personas, de crear vínculos emocionales con los chatbots y contener la difusión de contenidos falsos, manipuladores o confusos, preservando la integridad de la información frente a una simulación engañosa de la misma.

Las agencias de noticias y los medios de comunicación no pueden permitir que los algoritmos orientados a ganar a toda costa la batalla por unos segundos más de atención, prevalezcan sobre la fidelidad a sus valores profesionales, orientados a la búsqueda de la verdad. La confianza del público se gana con precisión y transparencia, no con la búsqueda de cualquier tipo de implicación. Los contenidos generados o manipulados por la IA deben señalarse y distinguirse claramente de los contenidos creados por personas. Debe protegerse la autoría y la propiedad soberana del trabajo de los periodistas y otros creadores de contenidos. La información es un bien público. Un servicio público constructivo y significativo no se basa en la opacidad, sino en latransparencia de las fuentes, la inclusión de las partes implicadas y un alto nivel de calidad.

Todos estamos llamados a cooperar. Ningún sector puede afrontar por sí solo el desafío de guiar la innovación digital y la forma de governar la IA. Es necesario, por tanto, crear mecanismos de protección. Todas las partes interesadas -desde la industria tecnológica a los legisladores, desde las empresas creativas al mundo académico, desde los artistas a los periodistas y a los educadores- deben implicarse en construir y hacer efectiva una ciudadanía digital consciente y responsable.

A esto mira la educación: a aumentar nuestras capacidades personales de reflexión crítica; evaluar la credibilidad de las fuentes y los posibles intereses que están detrás de la selección de información que nos llega; comprender los mecanismos psicológicos que se activan ante ello; a permitir a nuestras familias,comunidades y asociaciones elaborar criterios prácticos para una cultura de la comunicación más sana y responsable.

Precisamente por esto es cada vez más urgente introducir en los sistemas educativos de cada nivel también la alfabetización en los medios de comunicación, en los medios de información y en la IA, que algunas instituciones civiles ya están promoviendo. Como católicos, podemos y debemos aportar nuestra contribución para que las personas, especialmente los jóvenes, adquieran la capacidad de pensar críticamente y crezcan en la libertad del espíritu. Esta alfabetización también debería integrarse en iniciativas más amplias de educación permanente, llegando también a las personas mayores y a los miembros marginados de la sociedad, que a menudo se sienten excluidos e impotentes ante los rápidos cambios tecnológicos.

La alfabetización en los medios de comunicación, de información y en la IA ayudará a todos a no adaptarse a la deriva antropomorfizante de estos sistemas, sino a tratarlos como herramientas, a utilizar siempre una validación externa de las fuentes -que podrían ser imprecisas o erróneas- proporcionadas por los sistemas de IA, a proteger su privacidad y sus datos conociendo los parámetros de seguridad y las opciones de impugnación. Es importante educar y educarse a usar la IA en modo intencional y, en este contexto, cuidar la propia imagen (foto y audio), el propio rostro y la propia voz, para evitar que vengan utilizados en la creación de contenidos y comportamentos dañosos como estafas digitales, ciberacoso, deepfakes que violan la privacidad y la intimidad de las personas sin su consentimiento. Al igual que la revolución industrial exigía una alfabetización básica para que las personas pudieran reaccionar ante las novedades, la revolución digital también requiere una alfabetización digital (junto con una formación humanística y cultural) para comprender cómo los algoritmos modelan nuestra percepción de la realidad, cómo funcionan los prejuicios de la IA, cuáles son los mecanismos que determinan la aparición de determinados contenidos en nuestros flujos de información (feeds), cuáles son y cómo pueden cambiar los supuestos y modelos económicos de la economía de la IA.

Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica.

Al proponer estas reflexiones, agradezco a quienes están trabajando por los fines aquí expuestos y bendigo de corazón a todos los que trabajan por el bien común con los medios de comunicación.

Vaticano, 24 de enero de 2026, memoria de san Francisco de Sales.

León XIV PP.

Nota:
[1] "El hecho de ser creados a imagen de Dios significa que, al hombre, desde el momento de su creación, le ha sido impreso un carácter real [...]. Dios es amor y fuente de amor; el divino Creador también ha puesto este rasgo en nuestro rostro, para que mediante el amor -reflejo del amor divino- el ser humano reconozca y manifieste la dignidad de su naturaleza y la semejanza con su Creador" (cf. S. Gregorio de Nisa, La creación del hombrePG 44, 137).

Queridos hermanos y hermanas:

La XXXIV Jornada Mundial del Enfermo se celebrará solemnemente en Chiclayo, Perú, el 11 de febrero de 2026. Por este motivo, he querido proponer de nuevo la imagen del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión, para poner la atención en los necesitados y los que sufren, como son los enfermos.

Todos hemos escuchado y leído este conmovedor texto de san Lucas (cf. Lc 10,25-37). A un doctor de la ley que le pregunta quién es el prójimo al que debe amar, Jesús le responde contando una historia: un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado por ladrones y abandonado casi muerto; un sacerdote y un levita pasaron de largo, pero un samaritano se compadeció de él, vendó sus heridas, lo llevó a una posada y pagó para que lo cuidaran. He deseado proponer la reflexión de este pasaje bíblico con la clave hermenéutica de la encíclica Fratelli tutti, de mi querido predecesor el Papa Francisco, donde la compasión y la misericordia hacia el necesitado no se reducen a un mero esfuerzo individual, sino que se realizan en la relación: con el hermano necesitado, con quienes lo cuidan y, fundamentalmente, con Dios que nos da su amor.

1. El regalo del encuentro: la alegría de dar cercanía y presencia
Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas, así como también del descarte y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos a nuestro alrededor. La parábola narra que el samaritano al ver al herido no "pasó de largo", sino que tuvo para él una mirada abierta y atenta, la mirada de Jesús, que lo llevó a una cercanía humana y solidaria. El samaritano «se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo [...] le dio su tiempo».[1] Jesús no enseña quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volvernos nosotros cercanos.[2] Al respecto, podemos afirmar con san Agustín que el Señor no quiso enseñar quién era el prójimo de aquel hombre, sino a quién debía él hacerse prójimo. Pues nadie es prójimo de otro sino cuando se acerca voluntariamente a él. Así pues, se hizo prójimo aquel que mostró misericordia.[3]

El amor no es pasivo, va al encuentro del otro; ser prójimo no depende de la cercanía física o social, sino de la decisión de amar. Por eso, el cristiano se hace prójimo del que sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida. No son meros gestos de filantropía, sino signos en los que se puede percibir que la participación personal en los sufrimientos del otro implica el darse a sí mismo, supone ir más allá de cubrir necesidades, para llegar a que nuestra persona sea parte del don.[4] Esta caridad se alimenta necesariamente del encuentro con Cristo, que por amor se entregó por nosotros. San Francisco lo explicaba muy bien cuando, hablando de su encuentro con los leprosos, decía: «El Señor me llevó hasta ellos»,[5] porque a través de ellos había descubierto la dulce alegría de amar.

El regalo del encuentro nace del vínculo con Jesucristo, al que identificamos como el buen samaritano que nos ha traído la salud eterna, y al que hacemos presente cuando nos inclinamos ante el hermano herido. San Ambrosio decía: «Puesto que nadie es tan verdaderamente nuestro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémoslo viendo en él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro prójimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la cabeza. Y amemos también al que es imitador de Cristo, y a todo aquel que se asocia al sufrimiento del necesitado por la unidad del cuerpo».[6] Ser uno en el Uno, en la cercanía, en la presencia, en el amor recibido y compartido, y gozar, así como san Francisco, de la dulzura de haberlo encontrado.

2. La misión compartida en el cuidado de los enfermos
Prosigue san Lucas diciendo que el samaritano "se conmovió2. Tener compasión implica una emoción profunda, que mueve a la acción. Es un sentimiento que brota del interior y lleva al compromiso con el sufrimiento ajeno. En esta parábola, la compasión es el rasgo distintivo del amor activo. No es teórica ni sentimental, se traduce en gestos concretos; el samaritano se acerca, cura, se hace cargo y cuida. Pero atención, no lo hace solo, individualmente, «el samaritano buscó un posadero que pudiera cuidar de ese hombre, al igual que nosotros estamos llamados a invitar y a reunirnos en un "nosotros" que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades».[7] Yo mismo he constatado, en mi experiencia como misionero y obispo en Perú, cómo muchas personas comparten la misericordia y la compasión al estilo del samaritano y el posadero. Los familiares, los vecinos, los operadores sanitarios, los agentes de pastoral sanitaria y tantos otros que se detienen, se acercan, curan, cargan, acompañan y ofrecen de lo suyo, dan a la compasión una dimensión social. Esta experiencia, que se realiza en un entramado de relaciones, supera el mero compromiso individual. De este modo, en la Exhortación apostólica Dilexi te no sólo me he referido al cuidado de los enfermos como una "parte importante" de la misión de la Iglesia, sino como una auténtica «acción eclesial» (n. 49). En ella citaba a san Cipriano para ver cómo en esa dimensión podemos verificar la salud de nuestra sociedad: «Esta epidemia que parece tan horrible y funesta pone a prueba la justicia de cada uno y examina el espíritu de los hombres, verificando si los sanos sirven a los enfermos, si los parientes se aman sinceramente, si los señores tienen piedad de los siervos enfermos, si los médicos no abandonan a los enfermos que imploran».[8]

El ser uno en el Uno supone sentirnos verdaderamente miembros de un cuerpo en el que llevamos, según nuestra propia vocación, la compasión del Señor por el sufrimiento de todos los hombres.[9] Es más, el dolor que nos conmueve, no es un dolor ajeno, es el dolor de un miembro de nuestro propio cuerpo al que nuestra Cabeza nos manda acudir para el bien de todos. En ese sentido se identifica con el dolor de Cristo y, ofrecido cristianamente, acelera el cumplimiento de la plegaria del mismo Salvador por la unidad de todos.[10]

3. Movidos siempre por el amor a Dios, para encontrarnos con nosotros mismos y con el hermano
En el doble mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27), podemos reconocer el primado del amor a Dios y su consecuencia directa con la forma de amar y relacionarse del hombre en todas sus dimensiones. «El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios, como asevera el apóstol Juan: "Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. [...] Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él" (1 Jn 4,12.16)».[11] Aunque el objeto de ese amor sea distinto: Dios, el prójimo y uno mismo, y, en ese sentido, los podemos entender como amores distintos, estos son siempre inseparables.[12] El primado del amor divino conlleva que la acción del hombre sea realizada sin interés personal ni recompensa, sino como manifestación de un amor que trasciende las normas rituales y se traduce en un culto auténtico: servir al prójimo es amar a Dios en la práctica.[13]

Esta dimensión también nos permite contrastar lo que significa amarse a sí mismo. Supone alejar de nosotros el interés de cimentando nuestra autoestima o el sentido de nuestra propia dignidad en estereotipos de éxito, carrera, posición o linaje[14] y recuperar nuestra propia posición ante Dios y ante el hermano. Decía Benedicto XVI que «la criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios».[15]

Queridos hermanos y hermanas, «el verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor fraterno, que tiene su raíz en el amor de Dios».[16] Deseo vivamente que no falte nunca en nuestro estilo de vida cristiana esta dimensión fraterna, "samaritana", incluyente, valiente, comprometida y solidaria que tiene su raíz más íntima en nuestra unión con Dios, en la fe en Jesucristo. Encendidos por ese amor divino, podremos realmente entregarnos en favor de todos los que sufren, especialmente por nuestros hermanos enfermos, ancianos y afligidos.

Elevemos nuestra oración a la Bienaventurada Virgen María, Salud de los Enfermos; pidamos su ayuda por todos los que sufren, los necesitados de compasión, escucha y consuelo, y supliquemos su intercesión con esta antigua oración, que se rezaba en familia por quienes viven en la enfermedad y en el dolor:

Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes.
Ven conmigo a todas partes
y nunca solo me dejes.

Ya que me proteges tanto
como verdadera Madre,
Haz que me bendiga el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.

Imparto de corazón mi bendición apostólica a todos los enfermos, a sus familiares y a quienes los cuidan, a los trabajadores del ámbito sanitario, a los agentes de pastoral de la salud y muy especialmente a quienes participan en esta Jornada Mundial del Enfermo.

Vaticano, 13 de enero de 2026

León PP. XIV

Notas:
[1] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 63.
[2] Cf. ibíd., 80-82.
[3] Cf. S. Agustín, Sermones 171, 2; 179 A, 7.
[4] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 34; S. Juan Pablo II, Carta ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), 28
[5] S. Francisco de Asís, Testamento, 2: Fuentes Franciscanas, 110.
[6] S. Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, VII, 84.
[7] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 78.
[8] S. Cipriano, De mortalitate, 16.
[9] Cf. S. Juan Pablo II, Carta ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), 24.
[10] Cf. ibíd., 31.
[11] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 26.
[12] Cf. ibíd.
[13] Cf. Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 79.
[14] Cf. ibíd., 101.
[15] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 53.
[16] Francisco, Mensaje a los participantes del 33º Festival internacional de los jóvenes (MLADIFEST), Medjugorje, 1-6 agosto 2022 (16 julio 2022).

Queridos hermanos, celebramos lo acontecido en Belén de Judea en un presente abierto a la eternidad. El Hijo de Dios ha nacido para nuestra salvación, somos salvados porque somos amados. Celebrar la Navidad es una invitación al asombro, rescatándonos de la inercia, del acostumbramiento de la fe, adentrándonos así en un abismal amor. El misterio nos desborda.

Al Niño en el pesebre se dirigen todas las miradas en adoración, María y José, los pastores los magos de oriente, de manera silenciosa toda la creación y hoy la nuestra. Es la Salvación naciente que llegará a su plenitud en la muerte y resurrección de Cristo, el Señor.

Los pastores, superando el temor que les había provocado el anuncio del ángel, van en busca de la señal que les permitiría encontrar la causa de alegría para todo el pueblo, un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Nuestra celebración no se trata solo de un recuerdo, porque el nacido por nosotros, se hace presente en nuestro tiempo, en nuestra vida; el que nació en Belén hoy esta junto a la puerta y si oímos su voz y le abrimos la puerta entrará en nuestra casa y cenaremos juntos (Cf. AP, 3,20). Como decía Pablo VI:"La Navidad es esta llegada del Verbo de Dios hecho hombre entre nosotros. Cada uno puede decir: ¡por mí! Navidad es este prodigio. Navidad es esta maravilla" (Homilia de la Misa de Nochebuena. 24/12/1977). Queridos hermanos dejando resonar en nosotros ese "por mí" que señala el Papa, descubrámonos llamados a dar una respuesta.

En la contemplación del misterio del Nacimiento de nuestro Salvador, la liturgia de la solemnidad que celebramos hoy, nos invita a levantar la mirada desde el Niño a la Madre que lo abraza con ternura, a María. Quién pudiera entrar en el corazón de ella para descubrir sus sentimientos recogiendo la obra de Dios en su vida, en su esperanza cumplida en la Anunciación en la que el llamado a la misión encontró ese sí libre y fiel de la servidora del Señor, de su peregrinar por las montañas de Judá portando en su vientre al Hijo de Dios para compartir la alegría con Isabel. Un corazón desbordado por el misterio y una vida que se hizo respuesta creyente a la voluntad de Dios.

Su amor para con el Niño, es amor de Madre, recibiendo la vida que venía de Dios, su vientre fue morada en la que crecía el Hijo de Dios, siendo sus brazos los que lo acunaron con ternura. Es mujer que agradece el don de la vida convirtiéndose en su custodia, que canta las maravillas de Dios en ella. Es amor que sabe de asombro, alegría, dolor, fe atravesando el no entender, de fidelidad. La profecía de Simeón de que una espada atravesaría su corazón se hizo realidad en ese encuentro de miradas en el camino a la cruz, siguiendo a Jesús, solo ella y Dios sabían lo que vivió su corazón desgarrado, lo que sintió al tenerlo en sus brazo cuando lo bajaron de la Cruz. Pero ella junto a todos los discípulos recibió la alegría del triunfo de la vida en la resurrección, triunfo del amor que se hizo perdón para todos. Ella en esta alegría perseveraba en la oración junto a la comunidad. Ella por misión recibida al pie de la cruz, era Madre de Jesús y Madre de los discípulos amados del Señor, de nosotros, es Madre de la Iglesia.

Un himno del siglo III, tal vez la oración mariana más antigua, expresa la confianza de los cristianos en la intercesión de María reconociéndola como Madre de Dios, título que se hará presente en la prédica de los Padres de la Iglesia, aquellos pastores cercanos a los tiempos apostólicos, y que unido a la profundización de la teología sobre el misterio de Cristo, se define como dogma en el Concilio de Éfeso, en el 431: María es Madre de Dios, Madre de la persona divina según la humanidad. De esta manera María "se inserta en el misterio de Cristo a través de la Encarnación" (Mater Populi fidelis, 11).

En esta solemnidad, rezamos como Iglesia en la Jornada mundial por la paz, suplicando a Dios para que la Paz anunciada a los pastores sea realidad recibida en los pueblos y en cada corazón.

En la noche en la que se anunció el nacimiento del Señor a los pastores, se escuchó el canto de los ángeles "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres amados por él", asumido en nuestra liturgia en el Gloria. Para un Dios que es amor su gloria no pude consistir en otra realidad que en amar, el amor es el por qué último de la encarnación como señala el padre Cantalamesa.

Esa paz anunciada no consiste en la ausencia de conflictos bélicos, enfrentamientos o treguas. El Salvador no trae simplemente la paz, él es la Paz.

Todos anhelamos paz, herida en nuestro propio corazón que sufre sus luchas, contradicciones y dolores; en nuestros vínculos que a veces se ven heridos por resentimientos y desconfianzas; en nuestra sociedad fragmentada por el enfrentamiento ideológico que ciega desconociendo al otro como hermano; en los pueblos que padecen la locura de los que ostentan poder enfermos de avaricia destruyendo vidas para sostener el negocio armamentista provocando guerras y muertes, la violencia de fundamentalismos religiosos, incluso dentro de nuestra propia Iglesia hiriendo la comunión.

Una poetisa, María Elena Walsh, describe el horror de la guerra en una palabra que condensa el sufrimiento de los que la padecen: "lágrimas".

Lagrimas derramadas en Ucrania, Gaza, Somalia, Myamar, Sudán, Haití y muchos más conflictos no son solo lugares en un mapa, sino pueblos atravesados por lágrimas. Es el escandaloso y doloroso despliegue de la tercera guerra mundial en pedazos, como señalaba el Papa Francisco.

La paz no se resuelve en frágiles tratados que dejan en suspenso una agresión, en treguas que apenas dan un momento de silencio al dolor. La verdadera paz nace cuando se abre el corazón a quien es la Paz, dejándonos transformar por un amor a la medida de Dios que es amarnos sin medida. Así podremos sanar nuestro corazón fragmentado, así podremos amar como somos amados, así reconoceremos a los otros como hermanos y no como enemigos, así seremos los bienaventurados que trabajan por la paz respetando la dignidad de cada persona.

La celebración de la Navidad es una alegría que nos compromete a dar una respuesta al Dios que llega a nosotros, a ser testigos de la vida nueva; es misterio que siempre está frente a la libertad de cada persona. En esta Jornada de oración supliquemos por la paz para que el anuncio realizado a los pastores se haga realidad en nosotros, en cada corazón que sufre, en nuestra sociedad argentina dañada en desencuentros y enfrentamientos, en los pueblos signados por el dolor de la guerra. En su menaje para esta Jornada el Papa Leon dice: "Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos".

Que María, Madre de Dios y Madre de la Paz, nos de la fuerza para ser testigos de Aquel que es la paz; recibiéndola no la ofrecemos como un deseo, sino que la compartimos como don, así como lo expresamos en la liturgia en el saludo fraterno de la paz.

Un hermano transformado por el amor del Señor, Francisco de Asís, nos regaló una oración a la que los invito a unirnos en el corazón.

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Mons. Marcelo Fabián Mazzitelli, obispo de San Rafael