Domingo 21 de julio de 2024

Mons. Castagna: 'La Eucaristía, signo elocuente del amor de Dios'

  • 31 de mayo, 2024
  • Corrientes (AICA)
El arzobispo emérito de Corrientes afirmó que "si la Iglesia ha sido creada para que Cristo sea el Don de Dios al mundo, la Eucaristía es su sacramento principal".
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El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Castagna, recordó que “la Eucaristía es el signo más elocuente del amor de Dios a la humanidad”.

“Cristo es dado a los hombres por el Padre, y Él mismo acepta la cruz para que el mundo sepa cuánto Dios lo ama”, subrayó en su sugerencia para la homilía de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

“No constituye una celebración formal, para decorar homenajes y acontecimientos históricos y sociales. Es Cristo mismo que actualiza y prolonga, en el tiempo, su anonadamiento de amor”, diferenció. 

El arzobispo afirmó que “si la Iglesia ha sido creada para que Cristo sea el Don de Dios al mundo, la Eucaristía es su sacramento principal”. 

“La Eucaristía es Cristo, ‘don de Dios al mundo’. Por ello, la Iglesia vive de la Eucaristía y para la Eucaristía”, concluyó.

Texto de la sugerencia
1. “Es Él y nos ama”. La tradicional Fiesta del Corpus recuerda la centralidad de Jesucristo en el plan de la Salvación. Ha querido permanecer entre nosotros, realmente, mediante el Sacramento de la Eucaristía. A las palabras de un humilde sacerdote responde, actualizando el Misterio de la Pascua, haciéndose comida y bebida para quienes peregrinamos en la tierra. El Santo Cura de Ars, señalando a sus parroquianos el tabernáculo, les decía muy conmovido: “¡Es Él, y nos ama!” Los santos manifiestan su convicción de fe de que Jesús está presente en esa humilde Hostia consagrada. Se reitera el derramamiento de su preciosa Sangre en la Cruz, y se ofrece como comida y bebida a quienes deciden vivir en su amor. Es entonces cuando el pecado es absuelto y se logra la participación de su Vida divina. El Papa San Juan Pablo II nos regaló una bellísima Encíclica sobre la Eucaristía, afirmando que la Iglesia vive de Ella: “Ecclesia de Eucaristía”. Por la fe, cada bautizado vive de Ella, y se entrega a su contemplación. San Carlos de Foucauld y el Beato Carlo Acutis dedicaban largas horas a estar en su adorable presencia. Hace treinta años me obsequiaron un Sagrario para mi Oratorio. San Ignacio de Antioquía acuñó una sugerente frase: “Mi Amor está crucificado”. Solicité que la modificaran y adaptaran, de esta manera, a mi humilde y bello Sagrario: “Mi Amor está sacramentado”. Hoy está impresa en él. Nuestro Amor es Cristo, ofrecido por amor nuestro en la Cruz. La Eucaristía es la prolongación del drama de la Cruz. Ese impresionante anonadamiento del Verbo se repite cada vez que un sacerdote  celebra la Santa Misa. Todo don reclama una respuesta de amor. La Liturgia de la Iglesia intenta ser esa respuesta a Dios que, por ese don de su único Hijo, nos manifiesta cuánto nos ama. La Eucaristía constituye la prolongación, en la historia, de ese inefable don. Es preciso que la fe nos haga capaces de entender el Misterio del amor de Dios, plasmado en la Eucaristía, que celebramos sin interrupción. La Cena, previa a su Pasión, es la ocasión para instituir el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

2. La posibilidad de independizarse de Dios seduce a Eva. El Jueves Santo es tan importante como el Viernes Santo. Más aún, con la Resurrección, constituyen el único acontecimiento de la Salvación. Cada vez que se celebra la Eucaristía, la Pascua de Cristo vuelve a ser acontecimiento de Vida. Se produce la Redención y el mundo reencuentra su rumbo a la Verdad y a la Vida. La sed de Dios es saciada y, con ella, todas las esperanzas logran su realización. Como ocurrió originalmente, muchos no creerán y se situarán al margen de la salvación. Lo comprobamos a diario, tantas personas no tienen conciencia de que fueron redimidas por Cristo, y que su gracia los aguarda en cada recodo del camino. ¿Por qué tan insensibles e inconscientes del gran acontecimiento que los redime? El mundo es un ámbito espiritualmente asfixiante. Los elementos más nocivos obtienen allí formas diversas y familiares. Proceden de los agentes más destacados de la cultura y del poder. Una doble acción caracteriza su inocultable responsabilidad. La presencia de Cristo desbarata sus proyectos y los denuncia como contrarios a la Palabra de Dios. Esa acción nos recuerda la tentación que seduce a Eva y doblega a Adán. Se trata de proponer el diabólico proyecto como la verdad que, en las expresiones del Demonio, oculta Dios a sus principales criaturas: “¡No, nada de pena de muerte! Lo que pasa es que Dios sabe que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal” (Génesis 3, 4-5). La posibilidad de ser como dioses, e independizarse del Dios verdadero, tienta a Eva -y luego a Adán- a probar el fruto prohibido. Cristo vino a desarmar el engaño diabólico, y a orientar al mundo sobre la única senda que conduce a la Verdad y a la Vida. Reconstruir lo que el pecado ha destruido demandará el derramamiento de la sangre de Cristo en la Cruz. La Fiesta que celebramos indica la urgencia de esa “reconstrucción”. El ateísmo es agresivo y negador del poder salvador de Jesucristo. En cambio, el agnosticismo parece dejar abierta, al menos, la posibilidad de resolver la incógnita, en un encuentro honesto con Dios. Cristo es Dios en búsqueda de los hombres. Es en Él cuando, quienes están sinceramente dispuestos, llegan al conocimiento de Dios, negado por la indiferencia y el ateísmo moderno. Entre los Santos, canonizados por la Iglesia, hallamos admirables testimonios de conversión del ateísmo a la fe: Santa Edith Stein y San Carlos de Foucauld.

3. La Eucaristía es la misericordia y el perdón. Al celebrar la Eucaristía es Dios mismo, en su Verbo, quien se encuentra con un mundo profundamente necesitado de misericordia y perdón. Cristo es la misericordia y el perdón que el mundo necesita. Al homenajear a Jesús sacramentado, más allá de las formas litúrgicas de celebrarlo, reafirmamos nuestra fe en su presencia. Cuando, en Corrientes, durante el X Congreso Eucarístico Nacional, fuimos los anfitriones de todo el país, dejamos una impronta inolvidable de piedad y fraternidad, cuyo eco perdura. Entonces lo presentamos como el alimento necesario para la vida de los redimidos por Él. Al mismo tiempo, recordamos la importancia del ministerio de la Iglesia en el servicio de las mesas: “Denles ustedes de comer” (Lucas 9, 13). De esa manera, resaltamos con énfasis la centralidad del Misterio de Cristo, desafiando la ignorancia e incredulidad del mundo. Pasaron veinte años y, no obstante, la memoria sigue viva, como signo de la centralidad de Jesucristo, en la Iglesia y en el mundo. Olvidar aquel acontecimiento constituiría una ingratitud imperdonable. Corrientes debe hacer memoria agradecida mediante una renovada fidelidad a Cristo. Todo momento es propicio para ello. Ciertamente todos somos corresponsables en un presente, siempre desafiante, hayamos sido protagonistas o no de aquel X CEN. Es la Iglesia, en la “Particular” de Corrientes, la responsable de la misión de evangelizar al mundo. Prolongar en el tiempo su rol protagónico de entonces, es un deber ineludible. La Eucaristía garantiza el cumplimiento de ese deber eclesial. Cuando San Juan Pablo II nos enseña que la Iglesia vive de la Eucaristía, resalta la total sumisión al Espíritu que la anima a evangelizar. No basta la difusión única de la Biblia, sin la “fracción del pan”. La práctica apostólica indica la inseparabilidad de la Palabra y de la Eucaristía.  Por ello, es preciso regresar a la práctica litúrgica de los Apóstoles, manteniendo relacionados ambos momentos. El precepto se cumple guardando la inseparabilidad de la Palabra, anunciada y predicada por quienes han recibido la misión de hacerlo, y la fracción del pan. Durante la litúrgica eucarística se actualiza la Cena presidida por Jesús, ahora por quienes hacen sus veces. En los labios del sacerdote, válidamente ordenado, Jesús pronuncia “siempre de nuevo” las palabras que transforman el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre.

4. Signo elocuente del amor de Dios. La Eucaristía es el signo más elocuente del amor de Dios a la humanidad. Cristo es dado a los hombres por el Padre, y Él mismo acepta la Cruz para que el mundo sepa cuánto Dios lo ama. No constituye una celebración formal, para decorar homenajes y acontecimientos históricos y sociales. Es Cristo mismo que actualiza y prolonga, en el tiempo, su anonadamiento de amor. Si la Iglesia ha sido creada para que Cristo sea el Don de Dios al mundo, la Eucaristía es su Sacramento principal. La Eucaristía es Cristo; “Don de Dios al mundo”; por ello, la Iglesia vive de la Eucaristía y para la Eucaristía. Si no hiciera más que celebrar la Eucaristía, cumpliría su principal misión. Estaría dando a Cristo -sacramentalmente- como obsequio del Padre, para la salvación del mundo. Toda la actividad pastoral y catequética encuentra su cumbre y perfección en la Eucaristía. Más aún, sin la Eucaristía, nada de lo que la Iglesia emprenda tendría valor, sería una mera “añadidura”. Así lo enseña el Magisterio de la Iglesia: “La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana”. Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua”.+